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Colmillos del Destino – Capítulo Uno: Avance

──Todo se calcula a partir de aquí.

50 naciones, 50 civilizaciones, 50 lenguas.
──Cincuenta obras fundamentales, jamás vistas, se alzarán una junto a la otra,
conduciendo hacia la definición misma de Dios.

Este es el punto de partida, el prólogo que ahora se presenta.

“Colmillos del Destino” — Capítulo Uno, adelanto exclusivo.
Este relato es el preludio, el día anterior, a lo que será bitBuyer Telling dentro de algunos años.


El Primer Distrito Fronterizo del Sagrado Imperio Vermelde…
El pueblo de Hansa.

Un cadete, Sora.
Regresa a casa tras seis meses.

En sus brazos, una caja roja.
En su interior… solo una cosa.

Una propuesta de matrimonio
para la joven El,
que vive en la iglesia.

Pero su respuesta, como siempre, fue:
“Tal vez… otro día”.

…Sin embargo, ese día,
El fue un poco diferente.

“Si aceptas ser mi Compañero de Destino,
entonces… quizá lo piense”.

Palabras imposibles de descifrar.
Ella, con ligereza, le da la espalda.

Destino: la capital imperial, Darmbach.
El propósito del viaje… su secreto.

Pero con ella, atada por esos grilletes,
quizá…

Sora ya lo había decidido,
incluso antes de encontrar la respuesta.

En la capital de hierro, piedra y plegarias,
los dos enfrentarán su destino.

Una ciudad envuelta en los latidos de la celebración.
Las profundidades de una gran catedral.

Allí será revelada
la cruda realidad de una sangre y un linaje atados al destino:

“La Creación del Heredero”.

Tras la oración y el silencio,
la elección que El pone sobre la mesa…

confronta a Sora con una pregunta definitiva:

“¿Lo eliges para protegerla…
o para convertirte en cómplice del sistema?”.

La bendición… era una maldición.

Grilletes de esclava.
Un sello marcado en la piel.
Un talento consumido.

La solitaria “bruja” El debe decidir:
¿deber, o amor?

“Sora… ¿aun así…
tienes el valor de elegirme?”.

Noche.
El dormitorio del orfanato estaba impregnado del olor a paja.
Cuando cerré los ojos, dispuesta a dormir, el exterior se iluminó de repente.

Alguno de los huérfanos menores habría hecho aparecer por juego una llama con la magia de fuego.
Las pequeñas chispas crepitaban, iluminando la noche por un instante.

Al ver aquella luz, el pecho se me encogió.

──“Eres un genio, El. Siempre lo supe.”
La voz de mi padre.
Reía mientras me despeinaba con las manos, ásperas y cálidas al mismo tiempo.

Para cuando me di cuenta, los sollozos ya se escapaban.
Quise detenerlos, pero no pude.

Otra voz vino después.

──“No te preocupes, El. Tú eres especial.”
Cuando mi madre aún vivía.
Aquel calor que había en esas palabras volvió de golpe con el recuerdo.

Me encogí bajo las mantas de paja, hecha un ovillo.
El grillete en mi tobillo tintineó, clac clac.

──El símbolo de la esclavitud.

El genio de entonces, lo especial de entonces, ya no existen.
Solo queda aquí una “mujer encadenada”.

Seguro que no existe nadie que pueda comprenderme.
El peso de mis secretos es demasiado grande.
Hay tantas cosas que querría decir, pero que no puedo pronunciar.

Y además… estoy segura de que ni siquiera Dios podría perdonarme.

Pero… ojalá algún día, encuentre a alguien que lo entienda sin que tenga que decirlo.

***

Cuando yo tenía doce años, Sora tenía diez.
Esos dos años no eran solo una cifra: eran un abismo, una línea profunda que separaba a un niño de otro.

La edad en la que aún puedes dormir sobre los sueños, y aquella en la que ya te han arrojado de ellos para obligarte a mirar el mundo tal cual es.
Esa diferencia era brutal, casi cruel.

Las mañanas en la aldea eran frías.
El empedrado del lavadero guardaba el aliento helado de la noche, y el agua del balde cortaba la piel como un cuchillo. Las campanas aún no sonaban, y solo la sombra alargada de la iglesia me hacía compañía. Allí, mientras escurría las telas, yo era consciente de mis doce años.
──Porque aquí, esa conciencia era lo mismo que seguir viva.

Sora era distinto.
Con diez años, él aún vivía en sus sueños.
Decir “casémonos” y sonreír con esa inocencia… era algo que yo ya no podía hacer. Su voz directa y luminosa me resultaba tan lejana, tan dolorosa… y tan envidiable.

La diferencia entre sus diez y mis doce años era, quizá, la misma que hay entre dos mundos.
Aun así, desde entonces, la historia ya había comenzado.
El niño de diez años y yo, con doce.
Demasiado pequeños… pero, de algún modo, verdaderamente serios, desde aquella promesa.

■Sora, 10 años — Te lo pensaré para otra vez

La humedad de la mañana aún me quedaba en el dorso de las manos. El agua del barreño estaba más fría que el amanecer, y los dedos que retorcían la tela estaban enrojecidos, rígidos. Las campanas del pueblo aún no habían sonado, y solo la sombra rojiza de la iglesia se alargaba, mientras yo regulaba mi respiración como cada día.

—¡¡¡El!!! ¡Escucha!!!

Una voz vino corriendo hacia mí.
No hacía falta girarme. Reconocería esa voz en cualquier parte: siempre recta, siempre un poco dolorosa.

—…¿Qué pasa?
—¡Que voy a entrar en la Escuela Militar!

Las palabras explotaron como fuegos artificiales.
Me giré: Sora estaba allí, jadeante, con el cabello alborotado y los pies manchados de tierra. No llevaba uniforme, ni era todavía un cadete. Solo un niño.
Podía ver cómo la alegría se le desbordaba por todo el cuerpo. Esa cara… la de alguien que ya ha puesto un pie en un futuro que yo aún no conozco.

—…¿La Escuela Militar? ¿La de la capital?

La capital.
En este lugar, ese nombre pesa como si fuera un país extranjero. Seguí escurrriendo la tela mientras le devolvía la pregunta.

—¡Sí! ¡En el Test de Aptitud de Poder Divino con el estándar de la capital, quedé entre los primeros puestos!

Estándar de la capital.
Un niño de aldea, entre los primeros allí.
Solo con escucharlo podía imaginar cuánto se le hinchaba el pecho al decirlo.

—…¿Entre los primeros de la capital?

Dejé que mi voz sonara llana, deliberadamente.
Las sorpresas no se muestran en la cara.

—¡Sí! ¡Hasta el maestro del pueblo se sorprendió! Me dijo: “¡Es raro que un niño de aquí llegue tan alto!”.

Su postura orgullosa tenía algo de cegador.
Pero… que brille no significa que haya que aplaudirlo sin más.

—…Vaya. Ya veo.

Devolví la tela al barreño.
No era para hacer un escándalo. Los números pueden subir… pero las personas no cambian solo por eso.

—¡¿A que es increíble?!

Sus ojos me atravesaron.
Esa mirada me lo decía todo: “Dilo, quiero que lo digas”.

—Supongo… pero tampoco es algo tan sorprendente.

Podría sonar frío, pero era mi verdad.

—¿Eh?

Su voz vaciló.
Mis palabras habían apagado un poco el fuego que traía.

—Yo, con ocho años, ya me llamaban “genio” en Grimhalfén.

Lo solté con calma.
No era un recuerdo del que presumir. Solo un hecho. En aquella ciudad, bastaba mostrar números para que la gente se alborotara.

—…¿Genio?

Su voz se hizo pequeña.
Acababa de saborear la sensación de haber conquistado la capital, y de repente entendía que ese no era todo el mundo.

—Sí. Cuando los números son buenos, los demás se agitan. Pero los números, por sí solos, no cambian el valor de una persona.

Eso lo sé mejor que nadie.
Las cifras ni las etiquetas me dieron libertad.
Por eso lo digo:
—Emocionarse solo por un número no cambia nada.

—…Eso… suena como… muy impresionante…

El chico lo dijo casi en un suspiro.
¿Impresionante? Esa palabra resbaló por mi piel sin dejar marca alguna.

¿Impresionante? Me daban ganas de reír.

—¿Impresionante? No. Solo conozco la realidad.

Respondí sin rodeos.
Él quizá nunca lo entienda. Pero esas palabras había que decirlas.
Porque yo ya conocía el final de los niños a quienes llamaron “genios” en la capital… y en Grimhalfén.

—Pero aun así… eres increíble, El. Eres… especial.

Especial.
Otra vez esa palabra.
La he escuchado tantas veces… una cadena dulce con la que me atan.
Y sin embargo, en su boca, suena… un poco diferente.

—…¿Especial…? —repetí, sin sentir nada al decirlo.

Ni siquiera al pronunciarlo tenía sentido.
¿Qué significa ser especial, si no me libera de la esclavitud?

—¡Sí! ¡Por eso… cásate conmigo!

…¿Casarnos?

—…¿Qué?

La garganta se me secó.
El frío del agua de lavar seguía en mis dedos, pero dentro de mí, algo se encendió de golpe.
¿Acaba de decir… qué?

—Porque eres la más amable… la más bonita… ¡y por eso quiero casarme contigo!

Amable. Bonita.
No son cumplidos. Son etiquetas con las que tantas veces me han consumido.
Pero este niño… este niño no sabe lo que implican.
Por eso sus palabras son tan directas. Tan dolorosamente puras.

—Sora… ¿cuántos años tienes?

Mi voz sonó más baja de lo que esperaba.
Era necesario traerlo de vuelta a la realidad.

—¡Diez!

El número salió con inocencia, sin peso.
Diez.
Un niño.
Y aun así… tan directo, tan limpio… que mis palabras pierden filo.

—Con diez años no puedes casarte.

Añadí un poco de espina a mis palabras.
Era necesario enseñarle, aunque fuera apenas, cómo funciona este mundo.

—¡Entonces cuando sea adulto!

Cuando sea adulto.
No sabe cuán distante, cuán despiadado puede ser ese futuro.

—…Haa. Bueno… será “para otra ocasión”.

Dejé escapar el suspiro junto con la respuesta.
Una amarga concesión para no romper el sueño de un niño.

—¿De verdad!?

Su voz, llena de expectativa, golpeó mi pecho.
La respuesta, sin embargo, era sencilla.

—En otra ocasión… lo pensaré.

En otra ocasión.
¿En seis meses? ¿En un año?
Para entonces… ¿qué será de nosotros?

■Sora, 10 años y medio — Hasta el día en que sea digno

—¡El! ¿Recuerdas la promesa? ¡Cuando sea adulto, nos casamos!

La estación avanzaba y el sol comenzaba a golpear con más fuerza.
El aroma dulce de los campos de trigo flotaba en el aire; el viento traía consigo calor, y a lo lejos cantaban los gallos.
Sora, una vez más, traía el mismo tema a la conversación.

—…¿Otra vez con eso?

Me detuve, abrazando el haz de trigo contra el pecho.
Medio año había pasado, y aun así su fervor no se enfriaba.

—¡Por supuesto! ¡Jamás podría olvidarlo!

Sus ojos, tan rectos y limpios, me observaban.
¿Cómo puede alguien ser tan obstinado?
Quizá… parte de mí anhelaba entenderlo.

—…Mmm. Bueno, Sora, reconozco tu constancia… pero, ¿y los estudios?

Pregunté.
Antes de hablar de matrimonios y promesas, había que enfrentarlo con la realidad.

—¡Los estoy haciendo! ¡Las tareas de la escuela militar y las que me manda el maestro del pueblo!

Respiraba con fuerza, el pecho hinchado con orgullo.
Era la voz de un niño que todavía podía creer en el futuro.

—Mmm… ¿La escuela militar es tan exigente, verdad?

Lo dije como al pasar.
Pero dentro de mí algo se agitó.
La escuela militar del Imperio… para mí, eso pertenecía a un mundo lejano.

—¡Sí! ¡Pero me esforzaré!

“Esforzarme”.
Qué envidia me daba esa palabra tan simple.
Yo ya vivía en un mundo donde el esfuerzo, por sí solo, no bastaba.

—…¿Y por qué te esfuerzas tanto?

La pregunta se me escapó.
Quería saber por qué este niño podía entregarse con tanta pasión.

—Pues… ¡para casarme contigo, El!

Su respuesta fue tan inmediata que me dejó sin palabras.
Este niño hablaba en serio.
Sin comprender el peso del futuro, pensaba arrastrarme hacia él.

—…En la infancia, cualquier cosa sirve de motivo, ¿verdad?

En cuanto lo dije, supe que sonaba un poco cruel.
Pero tenía que decirlo.
Si aceptaba todo ese ardor sin barreras, me dejaría arrastrar a algún lugar del que ya no podría volver.

—¡No soy un niño!

Su protesta.
Y, aun así, era la prueba más clara de que lo seguía siendo.

—Diez años son la edad de un niño. Y muy pequeño, además.

Lo dije con firmeza.
Era una respuesta dirigida a él… pero también una confirmación para mí misma.
—Traza una línea, El. No te adentres más.

—¡Pero me convertiré en un adulto de verdad!

“Adulto”.
Qué ligera sonaba esa palabra en sus labios.
Yo sabía bien cuán pesado y amargo podía ser convertirse en uno.

—…Está bien. Cuando seas realmente digno, lo pensaré.

Mi voz sonó indiferente.
Pero dentro de mí algo se movió, apenas perceptible.
¿Llegaría algún día en que ese “digno” fuera auténtico?

—¡Perfecto! ¡Me convertiré en alguien así!

Respondió al instante.
Su determinación tan directa casi me hizo sonreír.

—…De verdad, no cambias nunca.

Lo dije casi para mí misma.
No cambias…
Y, sin embargo, había partes de ti que no quería que jamás cambiaran.

■Sora, 11 años — Demuéstralo

—¡El! ¡Cásate conmigo!

Otra vez, lo primero que dice.
El viento frío de primavera atravesaba el camino del pueblo. La puerta de la iglesia crujió ligeramente, y detrás de mí sonó el leve tintinear del metal sin pulir.

—…Ajá. Ya estoy cansada de oír lo mismo.

Mi respuesta fue seca.
Pero dentro de mí, el eco de esa frase estaba lejos de ser cansancio: era un zumbido que no quería apagarse.

—¡Cansada o no, lo digo en serio!

En serio… “en serio”, ¿eh?
¿Cuánto valor podía darle a esa palabra?
El “en serio” de un niño de once años, en mi mundo, no pesaba más que una pluma.

—Sora, a ver. ¿Todavía tienes once, no?

Me detuve para mirarlo.
No me importaba si sonaba fría.
La cifra de la edad era el arma perfecta para trazar una línea.

—¡Pero si cuando entras al colegio militar ya te tratan como adulto!

Orgulloso, inflando el pecho.
Sabía que cuando un niño usa la palabra “adulto” como escudo, es el momento en que más evidente queda su niñez.

—¿Trato de adulto, eh…?

Mi voz descendió sin querer.
Ese “trato de adulto”, ¿sabía él cuán vacío podía ser?

—¡Pues sí! ¡Soy un huevo de soldado, ya un verdadero cadete!

Quizá parecía que era alguien importante.
Pero un huevo, mientras no rompe su cáscara, no deja de ser un simple huevo.

—Ajá… Entonces, ¿eso de “sección infantil” es mentira?

Lancé el golpe a propósito.
Para mostrarle que toda esa supuesta dignidad aún estaba hecha solo de palabras.

—…Ugh.

La voz que volvió se atascó en su garganta.
Quizá le dolía que aún lo trataran como a un niño.
Pero yo sabía que esa molestia era, en sí misma, una señal de crecimiento.

—Aunque lo llames “colegio militar”, todavía te tratan como a un niño.

Por eso lo digo.
Un poco con malicia. Un poco con ternura.
Para mantener la frontera hasta que llegue el día en que de verdad pueda llamarse adulto.

—¡No! ¡Ya soy un adulto!

La voz se le quiebra.
Ese “soy un adulto” que proclama aún no puede esconder toda su niñez.

—Entonces, demuéstralo.

Lo provoqué.
Porque sabía que demostrarlo no era tan simple como decirlo.

—¿Cómo?

Una pregunta ingenua.
Sus ojos buscaban que yo le diera la respuesta, y esa mirada me hizo sonreír por dentro.

—Veamos… Si llegas a ser el mejor del colegio militar, entonces lo pensaré.

Le puse una condición absurda.
Mi voz sonaba tranquila, pero en realidad llevaba el peso de una piedra de toque.

—¡¿De verdad!? ¡Es una promesa!

Saltó de inmediato sobre ella.
Este niño… siempre cree sin dudar, sobre todo en estas cosas.

—…Confías demasiado fácil. El mundo no es tan simple.

Una pequeña sonrisa amarga se me escapó.
Aun así, no pude evitar pensar que vivir en un mundo donde uno puede creer tan fácilmente… era algo que envidiaba.

—¡No pasa nada! ¡Voy a lograrlo, te lo juro!

Con los puños cerrados, lo afirmó como si estuviera grabando su destino.
Ese calor suyo logró calentar, apenas un poco, mi pecho helado.

—Sí, sí… esfuérzate, entonces.

Le respondí a propósito con ligereza.
Así él podría seguir mirando hacia adelante, sin que el peso de mis palabras lo frenara.

—¡Te estás burlando de mí!

Su voz sonó ofendida, como si hubiera tocado un nervio.
Y aun así, mis labios se curvaron, apenas, sin quererlo.

—No me burlo… Solo… lo espero, un poquito.

No había mentira en mis palabras.
Porque, en el fondo, era verdad:
si él algún día cumplía esa promesa… me descubriría esperándolo.

■Sora, 11 años y medio – Una amabilidad con filo

El bosque aún exhalaba su niebla matinal.
El olor a tierra húmeda se mezclaba con el frío metálico que llenaba cada respiración.
Sostenía el fusil entre las manos, apuntando al fondo de una vieja olla colgada entre los árboles.
Aunque los dedos estaban entumecidos, la presión sobre el gatillo ardía como una brasa.

—¡El! ¡Escucha! ¡Estoy estudiando muchísimo!

La voz irrumpió de pronto detrás de mí.
El cañón del arma se movió apenas.
—¿Por qué será que siempre tiene que aparecer así, sin avisar? —pensé.

—…¿Otra vez con ese informe?

Sin apartar la mira, le respondí.
Para mí, este entrenamiento era rutina; para él, su anuncio seguía sonando a juego infantil.

—¡Es que… es por el matrimonio!

Apreté el gatillo.
Un disparo seco resonó entre los árboles, marcando un nuevo impacto en el fondo de la olla.
Por el matrimonio… Qué razón tan ligera, tan ingenua… y al mismo tiempo, tan seria que no podía negarla.

—…¿Y esforzarse por eso te parece bien?

Giré apenas la cabeza para mirarlo.
El sudor le corría por la frente, respiraba agitado.
Ignoraba por completo el peso real del mundo, y aun así me miraba con esos ojos, rectos, sin desviarse.

—¡Claro que sí! ¡Con un objetivo, da más ganas de seguir!

Quizá tuviera razón.
Pero si no imagina lo que le espera al final de ese camino, ese entusiasmo es frágil como el cristal.

—Bueno… puede ser.

Bajé el arma.
No era una aceptación.
Solo que… no tenía el corazón tan endurecido como para romper esa rectitud con palabras demasiado duras.

—¡Y además! En la medición de mi poder divino… ¡me reconocieron como Shifter!

—Ya era hora.

Lo que brotó en mi pecho no fue sorpresa, sino la sensación de que aquello había tardado demasiado.

—¿“Ya era hora”? ¡Oye, es un gran logro!

Su protesta fue inmediata. Ese orgullo infantil tenía algo de tierno… casi divertido.

—Yo, por ejemplo… lo manejaba desde los seis años.

Dejé caer mi pasado con ligereza.
Sabía que los números no definen el valor de nadie, pero aún así lo empujé con ellos, solo para poner distancia.
No pude evitar ese pequeño toque de crueldad.

—…¡¿Eh?!

Su cara se tiñó de frustración.
Y al verlo, mis labios se arquearon apenas en una sonrisa imperceptible.

—¿Acaso te molestaste?

Bajé el cañón y lo dije con fingida inocencia.
Sus labios se cerraron en una línea rígida, y sus ojos, levemente humedecidos, gritaban la vergüenza de sentirse menos.

—¡Eso no vale! ¡Comparar así es hacer trampa!

Su protesta fue frontal, genuina.
Y sí… lo sabía. Justamente por eso apreté donde más dolía.

—Je, sabía que pondrías esa cara.

El frío del cañón se fundía con la calidez de mi mano.
Predecir sus reacciones era mucho más sencillo que acertar al blanco.

—…A veces eres un poco cruel, ¿sabes?

Cruel, ¿eh?
Pero si no digo al menos esto, este chico seguirá dependiendo de mí sin medida.

—Solo he dicho la verdad. No conoces a la “genio” que decían que era cuando tenía tu edad, ¿verdad?

Lo solté como si hablara del clima.
No podía comprender cuán vacío había sido ese título… y por eso, deliberadamente, lo usé para marcar distancia.

—Ugh… ¡Pues yo también me haré mucho más fuerte!

Su voz tembló, pero su mirada permaneció firme.
Aún no sabía cuánto costaba mantener esa rectitud, y aun así no retrocedía.

—Entonces tendrás que fortalecer también tu cuerpo. De nada sirve ser un Shifter si solo vives entre libros.

Lo traje de vuelta, apenas un poco, al suelo de la realidad.
El poder sin sustancia no es más que aire.

—¡Ya lo hago! ¡Hasta hago flexiones!

Respondió al instante.
Su empeño, tan desesperado como puro, resultaba casi enternecedor.

—…Es como escuchar el reporte de crecimiento de una mascota.

Una sonrisa se me escapó antes de poder detenerla.
Tuve que disfrazar con broma el calor desconocido que subía desde el fondo de mi pecho.

—¡Oye, qué cruel!

Protestó como yo esperaba, inflando las mejillas.
Su simplicidad calentaba un poco el aire húmedo del bosque.

—Vamos, es verdad. “¡Mírame, estoy dando lo mejor de mí!”, pareces ladrar cuando me lo cuentas.

Continué con el juego, empujándolo un poco más.
Y sin quererlo, comprendí que esta conversación era más divertida que cualquier práctica de tiro.

—Je. Bueno, sigue así. Que cuando vuelvas en diez años puedas hacerlo con la cabeza bien alta.

Apoyé el rifle en mi hombro mientras lo decía.
Diez años…
Las palabras se clavaron también en mí.
¿Seguiría yo aquí para entonces, en el futuro que este chico tanto ansiaba?

■Sora, 12 años – Algo se siente diferente

En las afueras del pueblo, el viento de principios de verano atravesaba el lavadero detrás de la iglesia.
Las piedras del suelo, todavía húmedas, estaban frías bajo mis pies. Aunque el sol caía con fuerza, la sombra conservaba un frío que calaba la piel. Torcía con fuerza la tela empapada entre mis manos.

—¡El! ¡Cásate conmigo!

La voz vino por detrás, tan repentina que el corazón me dio un pequeño salto.

—…Deja de pedirme matrimonio así, de golpe.

Torciendo de nuevo la tela, evité mirarlo.
Si me dejaba arrastrar por cada ocurrencia suya, no podría seguir en pie.

—¡Es que hoy estás preciosa, como siempre!

Más alegre incluso que el chapoteo del agua.
¿Preciosa? Cada vez que lo escuchaba, algo dentro de mí se encogía.

—Si dices esas cosas tan a la ligera, terminarás cayendo mal.

Le advertí, con la voz templada pero firme.
Quizá porque esa ligereza suya me asustaba un poco.

—¡Contigo no! ¡Tú nunca me odiarías!

La respuesta fue inmediata.
¿De dónde sacaba esa seguridad? ¿O acaso era pura inocencia?

—…¿Y de dónde te viene tanta certeza?

Mi propia voz sonó más grave de lo que pretendía.
No era algo que pudiera tomarse tan a la ligera.

—¡Porque tú siempre me miras de verdad, El!

¿Mirarlo…?
Una piedra pesada se hundió en el fondo de mi pecho.
Sí, yo lo observaba. Pero eso no significaba lo que él creía.

—…Haah.

El suspiro se escapó antes de poder contenerlo.
No sabía cómo traducir en palabras lo que ese niño removía en mí.

—¿Eh? ¿Y ese suspiro?

Su voz sonó ofendida, como un niño reclamando que le reconozcan tener la razón.

—Sora… ¿De verdad sabes qué clase de mujer soy?

La pregunta se me escapó sin pensar.
Si él creía que lo sabía, entonces debía hacérselo entender de verdad.

—¡Creo que sí!

Respondió sin vacilar.
Esa seguridad sin fundamento tenía algo que me resultaba envidiable.

—Je. Entonces respóndeme… ¿qué clase de mujer soy?

Esbocé una sonrisa, casi como un reto.
Si sus palabras podían cambiar, aunque fuera un poco, el mundo que habitaba, quería escucharlas.

—Eh… pues… eres amable… y… bonita…

Superficial.
Su respuesta era tan dolorosamente superficial que casi me dieron ganas de reír.
Y aun así, sentí el esfuerzo genuino con el que buscaba las palabras, y el aire se me hizo un poco más pesado en el pecho.

—¿Nada más?

Dejé pasar un silencio antes de responder, para que entendiera que no había visto nada más allá.

—¿Eh? ¿Acaso hay algo más?

Su cabeza se inclinó con sincera confusión.
No… él realmente no sabía quién era yo.

—…Sigues siendo un niño, al fin y al cabo.

Las palabras me salieron solas, casi como un suspiro.
Él aún veía solo la superficie. No había tocado mis cicatrices, ni el fondo al que había caído.

—¡¿Qué significa eso?!

Su voz sonó ofendida, pero nada de eso logró atravesar mi pecho.

—Mira, Sora… yo sé muy bien cómo me ven los demás. Por mi Fragancia Hechicera, los hombres se acercan y las mujeres se alejan. Así que “linda” o “bonita” son palabras que he escuchado miles de veces.

Mientras hablaba, mis manos se detuvieron.
El agua fría ya no cortaba mis dedos, pero otro frío, más hondo, se expandió en mi pecho.
Me lo repetí a mí misma: esto es la realidad.

—…

Sora calló.
Aun así, no apartó la mirada.
Y ese simple gesto fue suficiente para incomodarme.

—Pero tus palabras… no sé por qué, me suenan un poco diferentes.

En cuanto lo dije, me arrepentí.
¿Diferentes en qué?
¿Y qué estaba esperando de él?

—¿Eh?

Su voz sonó ingenua.
No entendía nada… y aun así, me sacudía.

—…No importa. Ya está. Anda, vuelve a estudiar para la academia.

Corté la conversación como quien huye.
Encerré mis emociones en un lugar donde él no pudiera alcanzarlas.

—¡Oye, ¿por qué lo terminas así de repente?!

Su queja sonó como el llanto de un cachorro.
Tierno… pero no iba a dejarlo avanzar más.

—Porque soy caprichosa.

Forcé una sonrisa.
Y esa sonrisa… me sorprendió lo frágil que era.

■Sora, 12 años y medio – Otra vez será, cuando seas adulto

Las campanas del atardecer sonaban a lo lejos.
El camino del pueblo, apagado por el polvo, olía ya al frío de la noche que se acercaba.
Yo estaba sentada en el viejo banco detrás de la iglesia, disfrutando de un breve descanso.

—El… ¿dónde te gustaría vivir cuando nos casemos?

La pregunta me tomó por sorpresa.
La madera del banco crujió bajo mi peso.

—…Vaya, cada vez tus preguntas son más concretas.

Mi voz salió plana, sin emoción.
No sabía si aquello era el sueño infantil de siempre… o el primer paso hacia algo más serio.

—Pues… ¡si estamos juntos, me da igual el lugar! ¡En la capital o aquí en Hansa!

La capital.
Un nombre que conozco, pero no un lugar que entienda.
No sé qué tipo de ciudad es, ni qué miradas tendría que soportar allí.

—¿En cualquier parte? —repliqué.
Decir “en cualquier parte” sin conocer el peso real de esas palabras… solo un niño puede hacerlo.

—¡Sí! Bueno… creo que en la capital sería más genial. ¡Más de militar!

¿Genial?
Supongo que, en su imaginación, la capital debe brillar como los cuentos.

—¿Y esa es toda la razón? ¿Porque “suena genial”?

No reí.
Simplemente contesté. Yo ni siquiera tengo derecho a imaginar esa ciudad.

—¡No! ¡También quiero darte una mansión enorme!

Una mansión.
El tamaño, el brillo… solo adornos.
Pero sabía bien que una mansión no era solo una casa.

—¿Una mansión, eh? Entonces dime, Sora, ¿de dónde sacarás el dinero?

Le arrojé la realidad como un jarro de agua fría.
Si va a soñar, al menos que dibuje bien los contornos de ese sueño.

—¿Eh? P‑pues… ¡trabajando mucho!

Su voz tembló.
“Trabajar mucho”. Una frase vacía, un cascarón aún sin contenido.

—¿Y cómo, exactamente?

Presioné más.
Quería llenar ese cascarón con un poco de realidad.

—Pues… ascendiendo en el ejército —balbuceó.

Ascendiendo… un futuro dicho en una sola palabra.
Ni siquiera imagina lo empinado del camino, ni el tipo de ciudad que lo aguarda.

—Cero de concreción —le solté, casi escupiendo las palabras.
Soñar es fácil. Lo difícil es sostener el sueño.

—¡Q‑qué pesada eres!

Su voz se quebró.
Cree que con pura fuerza de voluntad puede abrirse paso en el mundo. Esa mirada… tan luminosa que hasta me da envidia.

—…Pero bueno, eso sí es muy de ti, Sora. Mucho ímpetu, aunque nada de base.

Me encogí de hombros.
Un niño de impulsos. Y aun así… me intriga ver hasta dónde puede llegar ese impulso.

—¡No es solo ímpetu, es de verdad!

Su voz se irguió, firme.
Decir “de verdad” sin entender el peso real de esa palabra… es privilegio de los inocentes.

—Sí, sí. Muy “de verdad” —respondí con ligereza.
Si profundizo más, acabaré tomándomelo yo también en serio.

—¡Ese “sí, sí” qué significa!

Se quejó, casi ofendido.
Y a mí casi se me escapa la risa.

—…Otra vez será —arrojé las palabras como quien lanza una piedra al agua.
“Otra vez será”… y él ni sospecha lo lejos que queda ese “otra vez”.

—¡¿Y cuándo es “otra vez”?!

Su protesta, desesperada, solo evidenciaba lo niño que seguía siendo.

—Cuando seas adulto —contesté sin dudar.

Pero el “adulto” que yo digo no es el mismo que él imagina.

—¡Siempre lo mismo! —refunfuñó.
Aun así, no renuncia. Muy Sora.

—Esas cosas… se dicen otra vez cuando uno ya es adulto. Supongo. No sé.

Mis palabras sonaban difusas, incluso para mí.
En realidad, era un modo de ganar tiempo.

—…¡Está bien! ¡Te lo diré, seguro!

Su respuesta fue inmediata.
Yo sé que ese “seguro” suyo es frágil, pero no puedo aplastarlo.

—Lo esperaré con gusto.

Mi voz salió más suave de lo que pretendía.
¿Lo espero de verdad? Tal vez sí.
Pero no quise reconocerlo y desvié la mirada hacia el cielo.

■Sora, 13 años — No es un título, es un compromiso

El golpe contra el tronco resonaba en el aire frío.
El bosque seguía guardando la humedad de la niebla matinal; la bruma aún no se disolvía y el frío se me pegaba a la piel. Vestía pantalones de camuflaje y una camiseta negra ajustada; los nudillos endurecidos, la palma ya curtida. Aunque el aliento era áspero, el ritmo de mis golpes no flaqueaba.

—El… yo… de verdad quiero casarme contigo.

La voz llegó de golpe, inesperada.
Me giré: allí estaba Sora.
Su mirada, hoy, tenía un tono más profundo que de costumbre.

—Vaya… suena más adulto cuando lo dices así.

Me permití teñir mi voz de ironía.
Pero, en el fondo, sentí que esas palabras caían con un peso que antes no tenían.

—Ya no quiero que me traten como a un niño. Pronto terminaré la división juvenil y pasaré a la de cadetes.

“División de cadetes”.
Pronunciaba el cambio de su posición como si eso lo volviera más grande.
Yo podía sentir, casi tocar, ese esfuerzo por aparentar.

—Vaya, vaya… ¿cambiar de rango hace que también cambie el corazón?

Crucé los brazos, aún calientes por el entrenamiento.
Quería ver si entendía realmente qué implica ese supuesto cambio.

—Así es. Ya no soy un crío. Te lo digo como verdadero cadete: lo digo en serio.

En serio.
Su voz no temblaba.
Su rostro, aún infantil, y esas palabras tan grandes se unían de un modo extraño, casi discordante.

—Hmm… ¿“cadete”, eh?

Exhalé, acomodando mi respiración.
“Cadete”. Suena importante, pero él todavía no sabe el verdadero peso de ese título.

—Por eso… quiero una respuesta de verdad.

Su mirada me atravesó.
Era más cortante que el golpe que acababa de dar contra el tronco.

—¿Impulso nada más?

Mi pregunta sonó como una prueba.
Quería saber si aún vivía solo de impulsos… o si había algo más ahí.

—No es impulso. De verdad lo pienso.

Su voz fue recta, cortante, como si atravesara la humedad del bosque.

—Hablas muy bonito… Pero el matrimonio no es cuestión de “posición”. Es cuestión de “compromiso”.

Abrí las manos, dejando que el aire frío calmara mis puños.
No era un simple título. Para mí, aquello siempre había sido una cadena.

—Pues yo sí tengo ese compromiso.

La respuesta salió sin titubeos.
Pero yo todavía no sabía de qué estaba hecho ese supuesto compromiso.

—He visto a muchos decir lo mismo.

Escupí las palabras.
En mi memoria, los rostros de quienes confundieron promesas con realidad se mezclaban con la decepción.

—Yo no soy como ellos.

Su respuesta fue inmediata, casi como un reflejo.
“Diferente”… ¿con qué peso lo decía?

—…En otra ocasión.

Cerré el tema con rapidez.
Su declaración aún era demasiado ligera para una respuesta seria.

—¿Otra ocasión? ¡Siempre dices lo mismo!

Había irritación en su voz.
Pero esa molestia… en el fondo era una señal de que empezaba a crecer.

—No hay prisa. Si ya entraste a la división juvenil, tarde o temprano veremos si tus palabras son reales.

Hablé despacio, entregándole tiempo.
Era lo único que podía darle como forma de afecto.

—…Lo demostraré.

Su puño apretado pareció crujir.
Sentí caer una pequeña chispa cálida sobre mi pecho.

—…Lo espero.

Mi voz sonó más suave de lo que planeé.
Giré la vista rápido, antes de que él lo notara.

■Sora, 13 años y medio · Lo que significa cargar con una vida

Una vida tan pequeña pesa sorprendentemente poco, y sin embargo, al sostenerla en brazos, parece que cargara con todo el peso del mundo.
En el fondo de la iglesia, en una habitación que también hacía las veces de orfanato, había surgido un nuevo llanto.
Un bebé aún sin nombre. Ajusté la manta que lo envolvía y lo mecí suavemente junto a mi oído. El aroma dulce de la leche se mezclaba con el olor húmedo de la vieja madera del cuarto.

—El…

La voz detrás de mí.
Ese sonido bastó para que el bebé dejara de llorar por un instante.

—¿Qué pasa?

Respondí sin voltear.
No quería alterar el ritmo de su respiración.

—…Quiero casarme contigo, El. De verdad.

Otra vez eso.
Pero esta vez era distinto.
En su voz había una sombra más profunda que antes.

—…

No respondí.
Me limité a acomodar el borde de la manta.
Demasiado pesado el eco de sus palabras como para devolverlas con ligereza.

—Ya no soy un niño. Quiero estar contigo incluso cuando sea adulto.

Incluso cuando sea adulto.
Sus palabras apuntaban al futuro.
Pero el futuro era como esta pequeña vida que lloraba entre mis brazos: algo que no se puede proteger tan fácilmente.

—…Podría considerarlo.

Respondí por fin.
Disfrazando mi voz de ligereza para esconder la agitación interior.

—…¡…!

Escuché cómo contenía el aliento.
Esa reacción casi me hizo sonreír.

—Pero hay una condición.

Una condición.
Una forma de mostrarle el peso de lo que decía, más allá de lo que podía imaginar.
La respuesta estaba ya en lo que sostenía entre mis brazos.

—¿Una condición?

Su voz sonó desconcertada.
Podía sentir que me miraba fijamente, buscando entender.
Pero yo no aparté los ojos del bebé.

—Piensa bien qué significa “convertirse en un padre”.

El calor del pequeño cuerpo se expandía poco a poco por mis brazos.
Era una respuesta más elocuente que cualquier explicación.

—¿…Convertirme en un padre?

Su voz tembló apenas.
Seguramente nunca lo había imaginado.

—Sí. Porque casarse es lo mismo que eso.

Bajé la mirada.
Los delgados deditos del bebé se aferraban a mi ropa.
Frágiles, pero con un peso imposible de soltar.

—…Un padre…

Su murmullo flotó en el aire.
Casi pude escuchar cómo el significado de esa palabra iba calando lentamente en él.

—Cargar con una vida es eso. …No es algo que pueda decirse a la ligera.

Se lo dije con toda la calma que pude.
Eran las palabras que tantas veces había querido escuchar y que nunca nadie me había dicho.

—…

Sora guardó silencio.
Pero no era el silencio vacío de la ignorancia, sino el de alguien que intenta sostener por primera vez el peso de algo nuevo.

—Así que piénsalo bien. No necesitas responder ahora.

No había prisa.
Una respuesta ligera en este momento valía mucho menos que una que madurara con el tiempo.

—…Está bien. Lo pensaré en serio.

Su respuesta me hizo sonreír apenas.
Mientras siguiera pensando, el futuro aún podría cambiar.

■Uniforme militar y hábito

En el primer distrito fronterizo del Sagrado Imperio Vermelde, el pueblo de Hansa.

Por el camino rural, tendido como una costura entre estaciones, avanzaba un muchacho.
Un uniforme militar verde milenario, comprimido como agujas de pino.
Ese color de disciplina era demasiado extraño para mezclarse con el aroma terroso del lugar.
Solo la caja roja que llevaba bajo el brazo, con su envoltura brillante, parecía un parpadeo desentonado en aquel paisaje campestre.

¡Paan! Un estallido seco.
¿Un ave que escapó del bosque, o tal vez el crujir de los árboles?

──Un intruso.
Así podría definirse, sin más.
Tan fuera de lugar estaba él en aquel escenario.

Los campesinos detuvieron sus manos.
Sus ojos no hablaron, pero las miradas eran agujas.
Ah, ¿todavía sigue con eso?, decían sin decirlo.

Cada seis meses.
Cada vez que volvía de la academia militar, él repetía el mismo acto en este pueblo.

Pedía matrimonio a una muchacha.

Una joven de dieciséis años que vivía en la iglesia.
Dos años mayor que él.
Siempre vestida con un impecable hábito negro, y con unos ojos que lo miraban como aguas quietas.
Pero su condición era la de esclava.

──Sin embargo, la hermana lo había dicho: si la muchacha decía “sí”, nada podría separarlos.

Por eso aquello ya era casi un rito del pueblo.
Un evento semestral, pequeño pero conocido por todos, parecido a un festival primaveral en tonos verdes tiernos.

Los aldeanos lo anticipaban.
Seguro, otra vez será la misma respuesta.

Al final, las palabras serían algo así:

“¿Eh? Bueno… ah, pues será para la próxima, ¿vale?”
“Ah… ya veo. De acuerdo, será para la próxima.”
“──¿Siempre haces esto cada vez que vuelves? ──Será para la próxima.”
“Sí, sí, para la próxima.”

¿Qué significaba realmente ese “para la próxima”?
¿Lo decía consciente, o fingía no saberlo?
De cualquier modo, esta vez también sería “para la próxima”.
Así lo decidían los aldeanos.

──Y aun así, él no detenía sus pasos.

Las cigarras cantaban sin descanso, como si hubieran perdido la razón.

Ese verano, el aire era distinto al de otros años.
La humedad, el olor del sol… había algo mezclado en todo ello.

¡Paan!
Un estallido resonó en el bosque.
Una bala atravesó los árboles a quinientos melas de distancia.
Solo podía haber un lugar en su trayectoria: el que Elhianos le había señalado.
Por eso, para Sora, hallarlo fue sencillo.
Bastaba con seguir el sonido del disparo.

──Ahí estaba.

Entre los destellos del sol filtrándose entre las hojas, estaba Elhianos.
En modo de entrenamiento al aire libre: pantalones de combate con camuflaje y una camiseta negra sin mangas.
La tela, pegada por el sudor, seguía el leve vaivén de sus hombros al compás de la respiración.

En su brazo izquierdo, un patrón geométrico de rombos: negro, afilado, como si hubiera sido tallado en la carne con un cuchillo.
Solo Sora sabía que ese dibujo se extendía por todo su costado izquierdo.

Los ojos del cadete procesaban aquel atuendo como “algo familiar”.
Pero en ese pueblo, resultaba llamativo.
A Elhianos no le importaba: aquel atuendo se lo había regalado su dueña, una exmilitar, y además era su preferido.

──La ropa no siempre protege el cuerpo.
A veces protege el alma.
Así parecía decirle.

Elhianos había terminado el entrenamiento.
Dejó el rifle a un lado y enrollaba la esterilla donde había estado tumbada.
El roce seco de la tela aún se mezclaba con el olor a pólvora que el viento no lograba disipar.

Crujió una rama seca. Saltaron las hojas caídas. Fue a propósito.
Sora hizo ruido con sus pasos grandes, acercándose desde atrás.

Ahí estaba, por fin.
La figura que había añorado durante seis meses, tan lejos de él, estaba ahora frente a sus ojos.
De rodillas sobre la tierra, recogiendo sus cosas con los mismos movimientos precisos de siempre.

—Llegaste. Bienvenido.

Mientras enrollaba la esterilla, Elhianos giró el rostro.
Solo medio cuerpo vuelto hacia él, los ojos encontrándose con los suyos.

En esos ojos, él estaba.
No lo había olvidado.
Solo eso, y sin embargo…

El “bienvenido” de Elhianos fue como si le devolviera una parte perdida de sí mismo.
Como un reencuentro después de diez años.
Aunque jamás hubiera vivido algo así, no podía describirlo de otra manera.

──Quizá reencontrarse signifique precisamente esto.

—He vuelto. ¿Terminaste por hoy?

—Sí. Justo ahora. Ocho aciertos y dos fallos.

Elhianos venía casi todos los días soleados a disparar diez tiros de largo alcance.
Era un hábito para su defensa, y al mismo tiempo, una de las pocas diversiones que le quedaban.

—Aunque hoy… —dijo—. Hoy quiero atrapar un pato o algún otro ave. Ese es el objetivo real.

El cañón del rifle aún estaba caliente.
A lo lejos graznó un cuervo.
El viento húmedo del verano le rozó el cabello.

Entonces, los ojos de Elhianos se movieron hacia la caja roja, brillante y viva, que Sora llevaba bajo el brazo.

—¿Esa caja… es para hablar de matrimonio?

—Ah… sí. Yo quiero—

Casémonos. Iba a decirlo, pero su voz fue cortada con frialdad tranquila.

—Espera. Hablemos de eso en el camino de regreso. Ahora primero la presa.

Un gesto silencioso, una orden muda.
Le tendió la esterilla.
El borde duro del portador se clavó en el hombro de Sora, robándole el calor del cuerpo.

──Más importante que el matrimonio, ahora era la caza.
En ese mundo vivía ella.

Cuando salieron del bosque, el sol ya se inclinaba un poco.
La esterilla chirriaba sobre su espalda, dejando un dolor leve en el hombro.
Se habían quedado sin presa, pero a Elhianos no parecía importarle.
Solo el crujir de las ramas bajo sus pies llenaba el silencio.

──Las palabras no seguían.
Quería hablar de matrimonio, pero ella lo había dejado atrás otra vez. Siempre era así.
Por mucho que intentara alcanzarla, su espalda permanecía siempre un paso adelante. Esa distancia nunca se acortaba.

Llegaron al borde del pueblo.
El verano olía a lino secándose, y a frijoles que alguien cocía para la cena.
El viento le rozó las mejillas, secando la sal del sudor en su piel.

Entonces, Elhianos se detuvo.
Sin volverse, dejó caer sus palabras por encima del hombro.

—Si te conviertes en mi “Tomodzure”… tal vez lo piense.

Su voz sonó tranquila.
Pero aquella calma, hundida como en el fondo de un pozo, pesaba demasiado.

—¿Eh? ¿Tomodzure…?

En cuanto lo dijo en voz alta, se sintió un completo idiota.
Pero no lo entendía.
De verdad no entendía de qué hablaba.

—Sí. Esta vez quiero ir a Darmbach. ¿Me llevarías?

Ella era una esclava.
No podía subir sola a un tren.
Por eso lo pedía.
Así sonaba su voz.

—Claro… pero, ¿solo por eso?
—Sí. Si pagas el billete y me haces un par de favores más.

Las sombras de ambos se alargaron y se cruzaron en el suelo.
El corazón de Sora golpeaba con fuerza, retumbando en lo profundo de sus oídos, tragándose las palabras que intentaba formar.

──¿De verdad “solo por eso”?
No. Quizá en realidad no era solo eso.

Sora aún era un cadete, pero ya lo trataban como a un soldado.
Recibía un sueldo por ello.

—…Entiendo. ¿Y qué favores?
—Eso aún es un secreto. Pero si los cumples, consideraré lo del matrimonio.

En aquella voz ligera se filtraba, de pronto, el pasado.

Sora se había criado en el orfanato de aquella iglesia.
Y Elhianos, cuando era esclava en la ciudad provincial de Albelk, fue comprada por la misericordia de un aldeano y llevada al pueblo de Hansa, para luego ser donada a la iglesia.

Desde entonces, Elhianos trabajaba en el orfanato y cuidaba de los niños.
Sora era uno de aquellos niños “cuidado por ella”.

──Por eso, su “lo consideraré” tenía peso.

No eran iguales entonces.
Él sentía algo parecido a la admiración.
El pasado y el presente se superpusieron en un instante, dejándolo sin palabras.

──Si iban juntos a Darmbach, ella pensaría en casarse con él.

Sonaba extraño.
¿Una broma ligera? ¿O iba en serio?
Ni siquiera eso podía medirlo.

Aun así, desde que escuchó aquella respuesta de Elhianos, Sora no había logrado estar en paz.

Incluso mientras compartía pan con los niños del orfanato en la iglesia, sus ojos volvían una y otra vez hacia ella.
Cuando exprimía la toalla de lino en el baño, el frío del agua en sus palmas le traía de vuelta su voz.
Y al hundirse en la cama rellena de heno, al cerrar los párpados, allí estaba, inevitablemente, aquel perfil suyo.

El día en que Elhianos había dicho que iría a Darmbach coincidía con el último de sus vacaciones de verano.
De Hansa a la Capital Imperial eran más de ocho horas en carruaje y tren, solo de ida.
Le explicó que no podrían regresar el mismo día, pero ella respondió, con la misma calma de siempre:
“Puedo volver sola”.

──Ese “puedo” era la prueba más clara de que, en realidad, no podía. Y la garganta se le cerró.

Durante su descanso, Sora vivió como si fuera parte del pueblo.
Ayudaba a los campesinos, y al caer el sol regresaba a la iglesia, donde cenaba junto a los huérfanos.
El olor del heno, la dulzura de las judías cocidas, el parpadeo de las velas…
Sabía que en la capital ya no podría disfrutar de nada de eso.

Elhianos, entretanto, continuaba con su rutina habitual, siempre vestida con su hábito negro.
Pero pasaba mucho más tiempo cerca de él.
──Y Sora sabía por qué.
Ella tenía unas circunstancias especiales, dadas por los dioses.
Si él estaba a su lado, al menos podía librarse de “esas miradas”.

Por eso, Sora se mantenía lo más cerca posible.
Jugando con los niños, limpiando la iglesia, o simplemente sentados juntos en la escalera exterior al atardecer.
No hablaban mucho, pero aquel silencio tenía significado.

──No era protegerla, era simplemente estar.
Y eso bastaba para que el mundo pareciera un poco más tranquilo.

Aunque ella esquivara la conversación sobre el matrimonio, Sora no se irritaba.
Sabía que siempre había sido así, y quizá, precisamente porque ella escapaba un paso adelante, esa distancia se mantenía intacta.

Elhianos tampoco decía mucho.
Al caer el día, recogía la ropa tendida en el patio trasero del orfanato.
Sora permanecía en silencio a su lado, compartiendo el peso húmedo de las telas.
Cuando soplaba el viento, el aroma aún fresco del lino los envolvía a ambos.

──Y eso bastaba.

Sin palabras, solo estar allí.
Ese era el estado en el que ambos se sentían más seguros.
Una relación ambigua: sin saber si él la protegía o si era ella quien lo sostenía.
Pero, por ahora, para Sora, aquello era suficiente.

—Entonces habrá que volver a registrar el grillete de Elhianos.

La víspera de la partida.
Después de la cena habitual con los huérfanos y con Elhianos, la hermana se levantó de la mesa y lo dijo.
Su voz era tan serena como una oración recién concluida.

Dispositivo de sujeción con cuerdas.
Un artefacto ritual colocado en los tobillos de esclavos y condenados, que absorbe hasta la última gota de su Poder Divino y permite rastrearlos.
Define el radio de acción en torno a su dueño y solo les concede existir bajo la autoridad de quien los haya registrado.
Conceder… no, en realidad encadenar.
Se alimenta de la energía divina que succiona, reparándose a sí mismo sin cesar, incrustándose hasta el tuétano, imposible de quitar o destruir.

──Una vez colocado, jamás se separa del cuerpo.

Que algo así se hablara con la naturalidad de lo cotidiano le resultaba espeluznante.
Aunque las cadenas fueran invisibles, ella estaba atada.

Sora bajó la mirada.
No quería ver lo que se escondía bajo la tela de sus tobillos.

—Vamos, Sora, canaliza tu Poder Divino.
—…¿De verdad es necesario hacer esto solo para salir de viaje?

Sora frunció el ceño, desconfiado.
En la penumbra de la capilla, las velas danzaban alargando las sombras.

—Sí —respondió la hermana—. Es para registrarte como su dueño.
—Pero si me voy y no regreso hasta dentro de medio año…
—No importa. Ya entenderás los detalles más tarde. Por ahora, hazlo.

Su voz, calma y firme, le arrancaba cualquier excusa para negarse.

De rodillas en el suelo, Elhianos extendió los tobillos sin pronunciar palabra.

──También aquello era extraño.

Aunque como esclava pertenecía a la iglesia, su grillete debía estar configurado con un radio tan amplio que apenas suponía restricción alguna.
Entonces, ¿por qué hacía falta registrarla ahora bajo mí, como “su dueño”?

La respuesta no llegó.

Solo el aire frío de la capilla tragó la pregunta, transformándola en silencio.

No lo entendía, pero los gestos firmes de la hermana no dejaban espacio para objeciones.
Sora, vencido por aquella autoridad muda, extendió la mano hacia el tobillo derecho de Elhianos.

La piel blanca, normalmente oculta bajo el hábito, quedó al descubierto.
La línea arqueada de su pantorrilla le robó la mirada un instante.
Estuvo a punto de rozarla… no, incluso deseó que por accidente llegara a hacerlo, mientras sus dedos tocaban el grillete de Acero Grungram, tibio por el calor del cuerpo y la energía divina que había absorbido.

La hermana fue la primera en verter su Poder Divino.
Los grabados se iluminaron tenuemente, latiendo como si respiraran.
Entonces Sora dejó fluir el suyo.

De golpe, la gravedad cambió.
Como si su consciencia tuviera que alcanzar al cuerpo con retraso.
El mundo se volvió un paso más lejano.

Su respiración perdió un compás.
Un torrente, ni frío ni caliente, le recorrió desde los pies hasta lo más hondo del cuerpo.

—…Está hecho.

La voz salió, pero no parecía suya.

Elhianos retiró el pie con suavidad y arregló el dobladillo del hábito.
Como si nada hubiera ocurrido.

Pero sus dedos temblaban apenas.
Se acarició una vez la espinilla y apartó la mano enseguida, como un niño que ha tocado algo prohibido.

—Gracias.

Solo eso.
El tono de siempre.

Pero no lo miró a los ojos.
Parecía que lo miraba, pero en realidad observaba algún lugar lejano, detrás de él.

──No podía gustarle.
No sabía exactamente lo que sentía, pero sí que no disfrutaba este momento.

¿Sería por un solo día, o por más? No lo sabía.
Pero el grillete ya reconocía que “Sora era el dueño de Elhianos”.

──Era una sensación extraña.

Todos los actos de la chica que le gustaba estaban ahora bajo su poder.

El pecho se le elevó con un dulce vértigo, como si al fin hubiera conseguido algo que siempre había deseado.
Pero en cuanto reconoció esa dulzura, algo dentro de él se heló.

Quizá lo había arrebatado.

Como quien toma por medios injustos algo precioso para alguien más, lo embargaba una culpa insaciable.

──Y aun así.

El que fuera algo temporal lo volvía más doloroso.
Que todo terminara tan pronto, le resultaba insoportablemente frustrante.

En el fondo de ese sentimiento, latía una inquietud.
──¿Después de este viaje, Elhianos regresará realmente a esta iglesia?

Tranquilo.
Ella había dicho que “consideraría el matrimonio”.
Entonces volvería aquí.
Se aferró a esa fe, espantando como podía las sombras que temblaban en su pecho.

—Anda, ve a lavarte y a dormir. Ya sabes que no eres bueno para las mañanas.

Su tono parecía decir, sin decirlo: “A diferencia de Elhianos”.
Una espina leve, pero también una forma torpe de suavizar la ansiedad hasta la llegada del amanecer.

──Al alba.

La noche casi no le dio sueño.
La conexión, aunque imperfecta, que lo unía a Elhianos a través del grillete y el Poder Divino, le oprimía el pecho y aceleraba su corazón cada vez que lo recordaba.

Las palabras de Elhianos —“consideraré el matrimonio”— giraban una y otra vez en su cabeza.
Su futuro.
El futuro de ambos.
Una maraña de expectación y miedo lo mantenía en vela.

Pero el aire antes del amanecer era más frío y claro de lo que esperaba, lo bastante para calmar un poco el ardor de su corazón.

──No se quedó dormido.

Con los ojos cerrados, reguló la respiración.

A través del grillete podía percibir dónde estaba Elhianos.
Ya estaba despierta, moviéndose por la iglesia.

¿De verdad podía saber… hasta esto?

Un estremecimiento recorrió lo más hondo de su cuerpo.

Su Poder Divino, a través de aquel grillete, se enredaba en ella.
Aunque aún no la veía, su presencia vivía bajo su piel.

No pudo levantarse; se quedó tumbado en la cama, dejando pasar el tiempo.
El frío del amanecer acariciaba sus mejillas, pero en el fondo de su cabeza ardía un calor insoportable que no le daba paz.

¿Será demasiado temprano? pensó.
Pero quedarse en la cama solo empeoraba el desasosiego.
El pecho le hormigueaba y la ropa de cama no era más que un peso muerto.

Sora exhaló profundamente y arrancó su cuerpo del colchón.

Pasillo. Comedor. Cocina.
Nadie.
Un silencio tenso, inmóvil.
Solo los insectos cantando, recordándole que la noche aún no terminaba del todo.

Se lavó la cara, dejando que el agua fría calmara el ardor de sus mejillas.

Salió por la puerta trasera hacia el patio… y ahí estaba Elhianos.

Lo sabía.
Pero era aún más temprano de lo que había imaginado.

Vestía el mismo hábito de siempre.
Apoyada contra el muro de ladrillo cubierto de hiedra, con las manos entrelazadas al frente, girando lentamente los pulgares uno contra otro.
Miraba hacia la distancia, donde sonaban las alondras campestres.

Ese canto fino, como si lamentara el fin de la noche.
Y con él, la nuca de Elhianos parecía envuelta en una melancolía silenciosa.

Entonces Sora lo notó.
Su cabello era unos diez centímetros más corto.
Un corte limpio, sencillo, que rozaba lo atrevido.

──No era exactamente la misma de ayer.

Algo crujió, pequeño y profundo, en su pecho.

Quizá no era solo el cabello lo que estaba cambiando.

Por un instante dudó en llamarla.
Desde la espalda, veía cómo el cabello de Elhianos se volvía casi translúcido con la luz previa al amanecer, y cómo el dobladillo de su hábito temblaba con el viento.
Las alondras aún cantaban.
A lo lejos, un gallo anunció que el pueblo empezaba a despertar.

Tomó aire. El pecho le dolió al hacerlo.
Sentía que si pronunciaba una palabra, rompería aquel cuadro silencioso.
Y aun así… se obligó a hablar.

—…Madrugaste.

El rostro con el que Elhianos giró hacia él llevaba la sombra de una noche mal dormida, y eso la hacía parecer aún más distante.

—No dormí mucho… —respondió—. Anda, cámbiate, que el carruaje ya llegó.

Su voz hizo vibrar el aire frío de la mañana.
Algo se agitó en su interior y un dolor leve se extendió por su pecho.

—…Qué diligente.

Siguió la dirección de su mirada y ahí estaba: un carruaje sumido en la bruma del amanecer.

Carruaje… aunque, en realidad, no tenía un toldo ni asientos dignos de tal nombre.
Solo una plataforma de carga con un pasamanos sencillo clavado a los lados.

La madera desnuda estaba astillada en varios puntos, oscurecida por la humedad de la noche.
Dos caballos resoplaban, lanzando nubes blancas por el hocico.
Las ruedas, de construcción burda, se hundían en el barro y chirriaban levemente.

Era el que había encargado el día anterior al mozo del pueblo.
Incluso cuando le pidió que lo tuviera listo antes del amanecer, él no mostró una sola mueca de disgusto.

En la plataforma del carro había una fina capa de heno y, en una esquina, un pequeño bulto envuelto en tela.
El olor a madera vieja, sudor de caballo y hierba húmeda le llenó los pulmones.

──No era el aroma de un gran viaje.
Era el olor real de “alejarse un poco del pueblo”.

—Desayunaremos en el carro. Lo preparé.

La voz de Elhianos suavizó el frío del aire matinal.

El pueblo aún dormía.
Los campos, rodeados por muros bajos de piedra, estaban cubiertos de rocío, y los tallos delgados temblaban bajo el viento helado.
Las casas de techo de paja exhalaban un hilo de humo blanco por sus chimeneas, llevando consigo el aroma del fuego de la víspera.

En el camino de tierra aún se veían las huellas recientes de caballos o perros que habían pasado durante la noche.
A lo lejos cantó un gallo, y el chirrido de una puerta resonó en alguna casa.
Solo eso indicaba que el pueblo comenzaba a despertar.

──Un pueblo pobre.
Pero aun así, este era el lugar al que Elhianos regresaba.
Y el punto de partida de Sora.

Corrió de nuevo a su habitación y, con torpeza, sacó del bolso el uniforme verde milenario que había mantenido arrugado durante toda su estancia.
Estaba cubierto de pliegues malformados, producto del descuido.

──Qué desastre.

Con las palmas trató de alisar las arrugas, al menos lo suficiente para no empañar la dignidad de Elhianos.
Pero la tela era terca. Entendió pronto que su esfuerzo era inútil.

Aun así, al ir abrochando uno a uno los botones de su chaqueta, el uniforme empezó a recuperar algo de su forma militar.
Ajustó el cinturón de cuero, marcado por rasguños, ciñéndolo más de lo necesario.
Su respiración se volvió superficial.

──Así está bien. No… así tendrá que ser.

Con el uniforme imperfecto, daba inicio aquel día.

──Pensándolo bien, la ropa de Elhianos era limitada.
De día, el hábito negro, bien confeccionado.
De noche, una prenda ligera para dormir.
Y los días de bosque: pantalones de camuflaje y una camiseta negra sin mangas —su “modo de actividad al aire libre”.

Fuera de esas tres, Sora nunca la había visto vestida de otra manera.

La única excepción era el recuerdo del día en que la llevaron por primera vez a la iglesia.

La muchacha que había sido vendida como esclava vestía un trapo que parecía un saco de lino desteñido y desgarrado.
Las costuras estaban abiertas, el borde inferior pesado por el barro, los tirantes a punto de romperse.
Aun así, ella no dijo nada. Solo permaneció de pie, vestida con aquello.

──Esa imagen no se ha borrado de mi mente.

El hábito impecable, la ropa de combate funcional, incluso aquel trapo doloroso: todo envolvía al mismo ser humano.
Al pensarlo, un dolor sordo le atravesó el pecho.

Cuando salió, Elhianos ya estaba sentada en la plataforma del carro.
Pero, como todo en los pueblos apartados, no era más que tablas toscamente clavadas, impregnadas con el olor a madera mojada por el rocío nocturno.
Los dos caballos exhalaban nubes blancas, agitando levemente las orejas.

Sora subió también y se sentó a su lado.
Las tablas crujieron, y el sonido se dispersó en la niebla de la mañana.

—¿Para ir hasta Darmbach… te basta con ese atuendo?

Era solo una pregunta casual.

—…¿Y ahora preguntas eso?

Lo dijo sin mirarlo.
No era un rechazo ni una burla.
Su tono decía que no valía la pena poner en palabras una realidad evidente: el hábito, la ropa de dormir y el conjunto de combate eran toda su vestimenta.
Nada más.

Sora guardó silencio y no pudo hacer más que observar su perfil.

—Ya, pero… pensé que sería incómodo moverte con eso.

Lo dijo sin pensar.

Elhianos le lanzó una mirada de reojo y sonrió apenas con la comisura de los labios.

—Si hablamos de incomodidad, tu ropa no se queda atrás. Ese uniforme militar… ¿no es demasiado rígido?

Y él no supo qué responder.

El uniforme verde milenario de cadete, tan correcto en apariencia, ahora, bajo aquella risa suave, solo le parecía un traje incómodo y opresivo.

Para disimular la incomodidad, Sora tiró del dobladillo de su chaqueta.
La tela crujió bajo la tensión, aumentando todavía más aquella sensación de incomodidad.

──Y eso que este era apenas el modelo sencillo para cadetes.
El uniforme de un verdadero oficial sería mucho más ostentoso.
El pensamiento le hundió un peso en el pecho, como si le faltara el aire.

Elhianos, con su hábito, tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada fija al frente.
Sora sintió que él era el único allí cargando con un caparazón innecesario.

—No pasa nada. Esta es la única ropa decente que tengo para salir. Ya en Darmbach… —

Dejó un pequeño silencio, y añadió con un tono entre tímido y burlón:

—Tú también, cuidado de no meterte con ese “velo” en un charco.

El hábito era de una sola pieza, con el dobladillo rozándole los tobillos.
La tela negra era gruesa, sencilla pero bien tejida, y producía un suave roce al moverse.
Cubría por completo el grillete de plata en su tobillo.
Por eso podía salir con él, invisible bajo la tela.

Pero no era ropa hecha para andar mucho afuera.
El dobladillo largo podía tocar la tierra húmeda o las hierbas, y hasta el más mínimo desnivel entorpecería sus pasos.
──Y aun así, Elhianos lo vestía con naturalidad.
Para ella, no era más que el “atuendo cotidiano”, sin opciones alternativas.

Mientras hablaba, Sora no pudo evitar pensar en el grillete oculto bajo la tela.
No podía verlo, pero estaba siempre allí.

—Vamos —dijo Elhianos al cochero, con voz breve.

Los caballos resoplaron, el carro se hundió levemente bajo el peso y sus cuerpos se mecieron.
Con un chirrido lento, el carruaje comenzó a avanzar.

No era más que un camino de tierra, demasiado humilde para llamarlo la calle principal del pueblo.

Las ruedas hundían el barro húmedo, y el sonido de la tierra empapada resonaba desde los pies.
La niebla matinal aún no se disipaba del todo, difuminando los contornos de las casas de techo de paja.
El aire estaba impregnado del olor de las hogueras apagadas y de la madera húmeda, demasiado simple para llamarlo aroma de viaje.

Elhianos permanecía en silencio, mirando al frente.
El borde de su hábito rozaba la madera del carro, y el susurro de la tela era el único sonido entre ellos.
Sora, a su lado, no sabía qué hacer con las manos sobre las rodillas, y acababa jugando con el dobladillo de su uniforme.

A un lado del camino, un perro los observaba fijamente.
¿Estaba despidiéndose, o solo curioso?
──Ningún aldeano los veía partir.
En aquel amanecer, solo los perros, los gallos y ellos conocían ese camino.

Desde el pescante, el cochero carraspeó.
El sonido pareció retumbar más fuerte de lo esperado, y Sora enderezó un poco la espalda.

El camino se volvió más tosco a medida que se acercaban a las afueras.
Las ruedas golpeaban las piedras, y cada salto sacudía levemente el cuerpo de Sora.
Elhianos también se inclinaba apenas con el movimiento, pero sin perder su postura.

──Incluso en estos momentos, ella no se tambalea.

Lo pensó mientras miraba sus propios pies, revolviendo el barro con la punta de sus zapatos de cuero.

El olor del pueblo todavía permanecía.
La tierra húmeda.
El calor animal que emanaba del establo.
Pero poco a poco, el viento lo arrastraba y lo alejaba.

Al volverse, vio a lo lejos la torre de la iglesia.
El sol naciente bañaba tenuemente los muros rojizos de ladrillo.
En el extremo del tejado, el marco de una cruz —destinado no a la oración, sino al suplicio— se erguía en silencio.
Su sombra se proyectaba larga sobre el suelo.

──¿Volveremos ahí?
¿O ya no habrá regreso?

Por más que lo pensara, no había respuesta.

El carruaje avanzaba con calma, dejando atrás el pueblo.

El camino para salir del pueblo era más largo de lo que había imaginado.
Los campos quedaban atrás, y con ellos el olor a tierra húmeda.
En su lugar, le golpeaba la nariz el aroma del pasto mojado y el frescor azul de los árboles aún cubiertos de rocío.

La plataforma del carro crujía con su traqueteo, y a veces un golpe seco de las ruedas contra las piedras lo sacudía con fuerza.
Sora tensaba las piernas para soportar los movimientos bruscos, mientras que Elhianos, a su lado, permanecía casi inmóvil, como si el vaivén no la afectara.
Su perfil, mirando únicamente hacia adelante, parecía un rostro tallado, sin revelar emoción alguna.

Las casas del pueblo ya no se veían.
Al volver la vista, apenas podía distinguir la torre rojiza de ladrillo de la iglesia, flotando pequeña en la bruma matinal.
En el borde del tejado, el marco de madera para las crucifixiones se erguía en silencio, observándolos.
No era un símbolo del pueblo, sino una marca de pertenencia: el recordatorio mudo de dónde provenían.

Elhianos seguía mirando al frente.
Sora reprimió una y otra vez las ganas de volver la cabeza y bajó la vista, cerrando el puño con fuerza.

Solo el trote de los caballos y el ruido de las ruedas apartando la tierra.
El ocasional carraspeo del cochero.
Nada más.

El tiempo se estiraba.
Por primera vez comprendía que abandonar el pueblo podía ser tan silencioso, y al mismo tiempo tan pesado.

Ya no quedaba rastro de las casas.
Ni los campos, ni los muros de piedra, ni el humo tenue elevándose bajo.
Todo se había disuelto en la niebla.

Volvió a mirar atrás.

La torre rojiza de la iglesia era lo único que permanecía en pie entre la bruma.
En el extremo del tejado, la cruz de madera para la crucifixión.
Ya no parecía una simple construcción.

Antes, volver la vista hacia ella tenía sentido.
Porque Elhianos estaba allí. Porque era el lugar al que él regresaba.

Pero ahora era distinto.
Elhianos estaba a su lado, y el carruaje avanzaba.
No era un viaje pensado para regresar, sino un movimiento que contenía algo desconocido.
No era el camino de vuelta lo que importaba, sino la sensación de ser llevado hacia un territorio que no existía en ningún mapa.

¿Qué ocurrirá más adelante?
¿Hasta dónde llegarán, qué decisiones se tomarán?
También existía la posibilidad de regresar sin que nada quedara resuelto.

Sora volvió la cabeza una vez más hacia la torre.
Elhianos no estaba allí.
Ya no tenía el mismo significado que antes.

──Aun sin haber empezado, algo ya estaba cambiando.

El camino entró en una suave pendiente, y las ruedas del carruaje hacían saltar de vez en cuando pequeñas piedras.
El cielo ya estaba completamente iluminado.
La bruma matinal se había retirado a lo lejos, y la línea de los cortavientos más allá de los pastizales se dibujaba nítida.

Había recorrido ese camino hacia Darmbach muchas veces.
Cada vacaciones largas de la academia militar, volvía por ahí en sentido contrario.
Pero ahora, no avanzaba por un “camino de regreso”.
Esta vez era distinto.

Tal vez por eso.
De pronto sintió la necesidad de hablar.
Cuando el silencio se prolonga demasiado, uno quiere lanzar al aire aunque sea una palabra.

—Entonces… ¿a qué vas, exactamente, Elhianos?

Ella no se apresuró a responder.
Se mecía apenas con el vaivén del carro, la mirada fija en el horizonte sobre los pastizales.

Hasta que por fin habló:

—Solo… a ver a alguien.

—Hmm…

Una respuesta más simple de lo que esperaba.
No dijo quién.
Ni por qué.
Nada más.

Sora decidió no insistir.

Sentía que aquella respuesta ya estaba preparada de antemano.
No era que ella evitara el tema: era una forma de impedir, desde el inicio, que él tocara el núcleo de lo que no quería mostrar.
Sí──era la defensa silenciosa de alguien que ha decidido “no dejar ver”.

El viento levantó apenas el dobladillo de su hábito.
Sora recordó el grillete bajo la tela y apartó la mirada.
Aquello de “ir a ver a alguien” le sonó, de pronto, mucho más lejano de lo que debería.

El paso de los caballos se aceleró ligeramente, y la figura del cochero se desdibujó bajo el sol.
En la plataforma solo quedó el silencio, y ese silencio hacía que el peso de la conversación se sintiera aún mayor.

—¿Desayunamos ya?

La voz de Elhianos, suave, se mezcló con el vaivén del carruaje.

—Sí.

Sora asintió y tomó el sándwich que le ofrecía.
El traqueteo constante del carro se le transmitía al cuerpo, y, en medio de esa inestabilidad, el sabor salado del jamón y el leve picor de las hojas verdes se desplegaron en su lengua.
Una comida tan simple, pero que le hacía sentir de verdad que estaban de viaje.

—Por cierto, Elhianos, viajas muy ligera.

Dirigió la mirada hacia sus pies: solo un pequeño cesto.
Como si fueran de pícnic.
Pero Darmbach quedaba a más de ocho horas de allí, y si tenía asuntos que resolver, seguramente pasarían la noche. Sin ropa de cambio, sin nada.

Elhianos sonrió apenas, y contestó como si fuera lo más obvio del mundo:

—…No solo la ropa. Soy una esclava. No tengo nada que llevar.

Sora pensó que había cometido una torpeza al preguntar.
Pero, al mismo tiempo, sintió cómo algo quedaba fuera de lugar en el fondo de su pecho.

Las palabras de Elhianos sonaron como una simple enumeración de hechos.

No había tristeza.
Ni autocompasión.
Ni resignación.
Y, sin embargo, esa neutralidad resultaba antinatural.

──Estaba ocultando algo.

La idea se le quedó como un murmullo inquieto en el pecho.

El carruaje siguió avanzando con calma.
Más allá de la vista temblorosa por el traqueteo, el verde de los pastizales brillaba bajo el sol.
Sora masticaba el pan, pero no podía tragarse del todo el eco de sus palabras.

Estuvo a punto de decirle que podría pedir prestado lo necesario a la hermana.
Pero se detuvo.

Y entonces Elhianos habló primero, como si leyera su pensamiento:

—Además, si me falta algo, tú me lo comprarás, ¿no? Al fin y al cabo, eres mi amo.

Sonrió levemente y mordió el borde del sándwich.

Si se tomaban solo las palabras, sonaba como una broma.
Pero debajo de esa voz había una quietud plana, como el agua fría, que la hacía parecer seria.

──Ah, así que eso es.

Eso pensó Sora.

Pero, al fondo de su pecho, algo más se agitó.

Mi amo.

El título que lo ataba a ella a través del grillete, aquel vínculo meramente formal.
Solo al escucharlo de sus labios adquiría peso, convirtiéndose en una realidad tangible.

Sabía que era solo por el tiempo del viaje, y aun así algo cálido le subía desde dentro.
Frágil para llamarlo posesión, pero con la unilateralidad de una relación de poder.

El crujir del pan al masticar.
Las ruedas desgarrando la tierra.
La respiración de los caballos.

En medio de esos sonidos de viaje, Sora apretó con fuerza el dobladillo de su chaqueta, intentando sofocar el murmullo interno que lo invadía.

—Mi amo.

Así lo dijo ella, sacudiendo unas migas de pan de sus dedos, y volvió la mirada al frente como si el tema hubiese terminado.

Sora buscó palabras.

Algo que pudiera llenar aquel silencio.
Pero no encontró ninguna.

—…Entonces, ¿a qué vas realmente?

Al final, no tuvo más remedio que lanzar una pregunta directa.

Elhianos inclinó apenas la cabeza, se apoyó en el puño y esbozó una sonrisa tenue.

—¿Qué crees?

—No… no lo sé.

—Entonces piénsalo. La respuesta te la daré cuando lleguemos.

Lo había evadido.
No era simplemente que no quisiera contestar:
desde el principio no tenía intención de entregarle esa respuesta.
Así lo dejaba claro el tono de su voz.

Sora estuvo a punto de insistir, pero se contuvo.
No tenía sentido gastar energía en forzar una puerta que sabía que no iba a abrir.

Solo los cascos de los caballos y el chirrido de las ruedas volvieron a ocupar el espacio entre ambos.
Ese silencio pesaba ahora mucho más que antes.

Con el tiempo, empezaron a aparecer cercas al borde del camino.
Un viento seco sopló, disipando el olor a hierba.
Los campesinos habían desaparecido del paisaje.

A lo lejos, una bandada de pájaros giraba en el cielo.
El aroma de tierra húmeda se mezcló con uno agrio, como aceite quemado: el humo de los complejos fabriles cercanos.

El suelo se volvió un camino de grava dura, y las ruedas traqueteaban con golpes secos.
Los caballos respiraban con más fuerza.
Ya se escuchaban voces humanas aquí y allá.

Era un paisaje conocido, pero hoy se veía distinto.
No era “volver a la ciudad”, sino adentrarse en ella.
Ese era el sentimiento que se expandía en su pecho.

Elhianos se acomodó en el borde del carro y alisó el dobladillo de su falda, como si se preparara para recibir lo que estaba por venir.

Al frente apareció un gran tejado.

Era la pequeña estación donde partían y llegaban los trenes hacia Darmbach.

Paredes blancas y un tejado de tejas rojas.
Frente al edificio se agolpaban viajeros y comerciantes cargados de mercancías, y una fila incesante de carruajes entraba y salía.
El olor del aceite y el calor humano habían borrado por completo la pureza del aire campestre.

El cochero tiró brevemente de las riendas.
El carruaje redujo la velocidad, y el crujido de la madera se hizo más fuerte.
Para Sora, ese sonido pesaba más que un silbato de tren.

—…Llegamos.

Elhianos murmuró en voz baja.
Sora solo pudo asentir.
No sabía qué iba a pasar a partir de ahora.
Y aunque lo pensara, no hallaría una respuesta.

Cuando el carruaje se detuvo, una ola de ruido los envolvió.
Los resoplidos de los caballos, la voz breve del cochero, el estrépito de las cargas siendo descargadas.
En la plaza frente a la estación, viajeros y comerciantes formaban una multitud, entremezclando pregones y discusiones de compraventa.
El olor a aceite quemado, la humedad del adoquinado aún impregnado por la lluvia de ayer y el dulzor seco de los puestos que vendían frutas resecas se mezclaban en el aire, llenándole las fosas nasales.

Sora alisó el dobladillo de su uniforme y exhaló profundamente.
La estación, que tan familiar debería resultarle, hoy le parecía extrañamente grande y lejana.
Bajo el tejado rojo, un reloj metálico marcaba la hora con indiferencia.

Elhianos bajó primero del carro, levantando el hábito para no pisarlo, y avanzó hacia la estación con paso firme.
El negro sobrio de su vestimenta destacaba con una calma extraña entre aquella multitud caótica.
Sora no pudo evitar mirarla, y apresuró el paso para seguirla.

Frente a la taquilla se extendía una larga fila.
Las ropas de quienes esperaban iban desde las ásperas prendas de lino de los campesinos hasta capas adornadas con hilos de oro.
El aire estaba saturado con el olor del cabello endurecido por el aceite, el cuero curtido y el sudor mezclado en la multitud.

—…Sora, cómpralos.

Elhianos lo dijo en voz baja.
No sonó como una orden ni como una petición, sino como algo natural.
Sora asintió y sacó su cartera.
Las monedas tintinearon dentro del bolsillo.

Cuando llegó su turno, el pequeño empleado del mostrador le entregó el billete sin siquiera alzar la vista.

El cartón grueso, al rozar su palma, tenía un peso extraño, demasiado real.
Más de ocho horas de trayecto.
No era solo un pedazo de papel, sino un salvoconducto que garantizaba la separación de lo cotidiano.

En el andén, frente a ellos, estaba detenido el tren de bajada, el que iba hacia Hansa.
Del ennegrecido cuerpo de hierro brotaba vapor blanco, y el aire estaba impregnado por el olor metálico.
Algunas personas subían con calma, mientras a lo lejos se escuchaba el ruido de cargas siendo colocadas en los vagones.

Pero el tren de subida, el suyo, aún no llegaba.
Vieron cómo el empleado cambiaba el cartel: faltaban unos diez minutos.

—…Todavía no viene —murmuró Elhianos, dejando a sus pies la pequeña cesta que llevaba como único equipaje.

Sora asintió en silencio, con las manos hundidas en los bolsillos del uniforme.

¿Por qué la espera siempre hacía tan difícil encontrar calma?
Solo estaban de pie, pero la inquietud le recorría el cuerpo como un cosquilleo.
Tenía tantas preguntas:
¿A quién iba a ver en Darmbach?
¿Por qué lo había llevado con ella?
Pero intuía que, incluso si las hacía aquí, Elhianos no respondería.

Al otro lado del andén, los pasajeros que habían bajado del tren charlaban mientras se alejaban.
Sus rostros decían “viaje terminado”, mientras que ellos apenas estaban por comenzar el suyo.
Eso bastaba para que aquel lugar se sintiera como una línea divisoria.

Elhianos miraba en silencio las vías.
Sora no pudo evitar pensar en el grillete que abrazaba sus delgados tobillos y, incómodo, apartó la vista.

Para llenar el tiempo, lanzó una pregunta:

—Y entonces, ¿a qué vas exactamente a Darmbach?

Elhianos giró un poco el rostro hacia él, pero su respuesta fue breve:

—A ver a alguien.

—¿A quién?

—Es un secreto.

La conversación se rompió ahí.
Sora cambió de tema.

—¿Y mientras yo no estaba? ¿Cómo estuvo el pueblo?

—Nada en especial.

Una respuesta plana, que no iba a más.
No sabía si era que ella no quería hablar o que él no sabía cómo hacerla continuar.
En cualquier caso, las palabras se deshacían en el aire sin dejar huella.

Bajó la vista al empedrado, sintiendo cómo el silencio se volvía más pesado.
El dulce empalagoso de los buñuelos que vendían cerca llegó hasta su nariz, haciéndole la espera aún más incómoda.

La aguja del reloj del andén avanzaba lentamente.
Antes de alcanzar el diez, un rumor grave comenzó a acercarse.
Las vibraciones del raíl le subieron por las suelas y una ráfaga de viento movió el aire del andén.

—Ya viene —murmuró Elhianos.

Su mirada estaba fija en el cuerpo negro que se aproximaba.

Una nube de vapor blanco se expandió, y el olor metálico y el calor lo envolvieron todo.
Sora inspiró hondo, como si quisiera aplastar con aire fresco el raspado que le había dejado en el pecho aquella conversación interrumpida.

Un retumbar grave emergió del fondo de las vías.
Los raíles gimieron y el suelo del andén vibró levemente.
El cuerpo de hierro, ennegrecido por el hollín, apareció escupiendo vapor, cubriendo el andén con su sombra y sus chirridos metálicos.

Debería ser una escena familiar.

Para Sora, el tren siempre había sido un simple medio de transporte:
una herramienta para cubrir, cada seis meses, la distancia entre el pueblo de Hansa y la capital imperial Darmbach.
Pero hoy se veía distinto.
Aquel viaje no era una visita ni un regreso.
El silencio del hierro parecía decirle que su significado era otro, y esa diferencia hacía que el tren pareciera mucho más grande de lo habitual.

Elhianos sostuvo el dobladillo de su hábito y avanzó hacia el borde del andén, con el cuidado torpe de alguien que se enfrenta a algo poco frecuente.
Ese gesto bastaba para delatar que casi nunca tomaba el tren.

Sora dio un paso al frente y subió primero, como si quisiera guiarla.
El frío del pasamanos de hierro se le pegó a la palma, y el eco pesado que subía desde el suelo le recorrió el cuerpo.
Una sensación que debería resultarle habitual, pero que hoy no le daba ninguna calma.

Elhianos lo siguió y cruzó la puerta.

Dentro, el aire estaba cargado con el olor del aceite, el hierro y el calor humano.
Los asientos de cuero crujían, entremezclándose con el murmullo de conversaciones y el golpeteo de equipajes.
Ella se detuvo un instante, mirando a su alrededor.
Ese pequeño gesto de tensión en su perfil le pinchó a Sora el pecho.

La puerta se cerró con un golpe pesado, y el tren siguió gimiendo mientras exhalaba el calor acumulado en su interior.
La luz apagada de los faroles del vagón se impuso sobre la realidad, dejando el mundo exterior ya distante.

Los asientos, de cuero gastado, mostraban pequeñas grietas en las costuras del respaldo.
Las ruedas empezaron a girar con peso, transmitiendo desde el suelo el ritmo firme de los raíles que mordían.
Sora conocía bien esa sensación, la había vivido muchas veces.
Pero hoy era diferente.
No era solo otra parte del trayecto repetido cada seis meses: algo irreversible estaba comenzando.
Por eso incluso el familiar olor a hierro le agitaba el pecho.

Elhianos se sentó junto a la ventana, sin apartar la vista del exterior.
Apenas dejaron atrás la estación del pueblo, el cielo tomó un tono gris rojizo, y el límite entre la noche y el amanecer retrocedió hacia el horizonte.
Ella seguía esa luz sin pestañear, como si no quisiera perder ni un fragmento.
Era la mirada de alguien que no está acostumbrado a viajar en tren: una mezcla de tensión y curiosidad.

Sora la observó de reojo, tanteando alguna frase para romper el silencio, pero las palabras se le deshacían antes de salir.

Al cabo de una hora, los campos del pueblo quedaron atrás y el paisaje se transformó en una interminable región de colinas.
Las espigas de trigo, verdes y azules, ondeaban al viento, mientras desde los bosques junto a las vías no cesaban los cantos de las aves.
Era pleno verano, y el aire del vagón empezaba a cargarse de humedad, haciendo cada respiración más pesada.

Sora volvió a intentarlo:

—¿A quién vas a ver en Darmbach?

Elhianos inclinó apenas la cabeza, y respondió con una sola palabra:

—A alguien.

—…¿Quién?

—Secreto.

Y ahí se terminó.

No encontró manera de hilar conversación.
El silencio echó raíces entre los dos, y el vaivén del tren solo parecía subrayarlo aún más.

En una estación intermedia, los pasajeros se renovaron.
Un hombre con aspecto de campesino entró cargando una gran cesta, seguido de un soldado de mediana edad con gorra militar.
Cada uno buscó su sitio, conversó, acomodó su equipaje.
El aire se llenó de olores: el seco del heno, el aceite metálico, mezclados con el sudor de un viaje largo y el hierro del tren, volviendo el ambiente aún más denso.

Y aun en medio de aquel bullicio, Elhianos permanecía sola mirando hacia afuera, grabando en sus ojos el paisaje que parecía una extensión del pueblo.
Su mirada iba lejos; no estaba claro si observaba los campos y bosques que pasaban ante sus ojos o algo mucho más allá.

El sol acabó por blanquear el interior del vagón.
Debían de ser alrededor de las once.
El cuerpo, quieto desde la mañana, se volvía pesado; las nalgas y la espalda dolían por la presión constante contra los asientos duros.
Sora se estiró ligeramente, haciendo crujir su columna, y sacó los sándwiches que había traído. Le ofreció uno a Elhianos.

—¿Quieres?

Ella, con los zapatos fuera y los pies apoyados en el asiento frente a sí mientras abrazaba las rodillas, asintió sin dudar y lo tomó.
El suelo frío se pegaba a la planta de sus pies descalzos, transmitiendo las vibraciones del tren sin filtro alguno.

Era una comida demasiado humilde para llamarla almuerzo, pero significaba más que solo llenarse el estómago.
Aunque no hubiera palabras, compartir aquel momento los hacía sentir, de alguna forma, un poco más cerca.

El sopor del mediodía se adueñó del vagón.
El ritmo de las ruedas se volvió una nana interminable, y varios pasajeros se habían quedado dormidos en sus asientos.
Sora cerró los ojos, pero el sueño no llegó del todo.
La presencia de Elhianos a su lado, el sonido de ella moviéndose de vez en cuando y volviendo la vista a la ventana, permanecían grabados en lo profundo de su conciencia.

Cuando la tarde comenzó a insinuarse, el paisaje cambió.
Los prados desaparecieron, reemplazados por toscas casetas de piedra y fábricas cuyos chimeneas escupían humo negro.
El olor del aceite quemado y el hollín se filtró por las rendijas, llenando los pulmones con un peso desagradable.

Era el olor de la ciudad.
La señal de que el Imperio estaba cerca.

Por primera vez, Elhianos apartó la mirada de la ventana y soltó un suspiro.

—…Está cambiando.

Su voz sonó como la de alguien que sabe que el viaje se acerca a su fin… o que se prepara para lo que está por venir.

Sora no supo cómo recibir esas palabras, así que solo asintió.

No conocía el verdadero propósito de aquel viaje ni las intenciones de ella.
Lo único claro era que la gran boca de la capital imperial estaba a punto de tragárselos.

El tren redujo la velocidad, y el chirrido de los acoples metálicos se alargó como un lamento.
Por la ventana se desplegaban edificios alineados con precisión, amplias calles de adoquines, carruajes y multitudes en movimiento.
El paisaje rural había desaparecido por completo, y el contorno de Darmbach, la capital imperial, estaba ya frente a ellos.

Sora respiró hondo.
Esa ciudad que había visitado cada seis meses ahora se sentía distinta, con un peso nuevo y desconocido.

Elhianos permanecía en silencio, sentada al borde del asiento, las manos entrelazadas y los dedos tensos.
Sora no se atrevió a preguntar por el significado de aquel gesto.

──Así comenzaba el largo viaje del joven de uniforme militar y la muchacha de hábito.

■Un Viaje con Elhianos

El Sacro Imperio de Vermerde, la capital imperial Darmbach.
Un dominio directo del emperador, una metrópolis de dos millones de habitantes.
Un recipiente colosal donde se mezclan el hierro, la piedra y el olor del poder, cuya presencia se siente incluso desde lejos.

Desde lo alto de una colina, los tejados escarlata se extienden como olas en movimiento, y miles de casas ondulan hasta perderse en el horizonte.
Entre ellas, las aceras de piedra blanca serpentean como vasos sanguíneos, mientras que las calles, surcadas por profundas rodaduras, están siempre llenas de carruajes y transeúntes.
Es como asomarse al interior de un ser vivo gigantesco.
Aquel paisaje que solía abrumarlo cada vez que dejaba el pueblo ahora formaba parte de su “espacio cotidiano”. Pero hoy algo era distinto.
A su lado, estaba Elhianos.

A los visitantes que llegan en tren los recibe primero el imponente Train Shed.
Una cubierta de hierro ennegrecido y vidrio empañado que cubre decenas de andenes. Los arcos de acero, alineados en múltiples capas, sostienen el cielo, mientras los innumerables ventanales encajados entre ellos, manchados de hollín, aún logran reflejar con un brillo opaco la luz blanca del día.
Cerca del techo, enormes conductos de ventilación exhalan vapor como si fueran respiraciones, y una niebla blanca flota tenuemente en el aire.
El chasquido del aire comprimido estalla aquí y allá, mientras los cilindros de las locomotoras rugen con fuerza.

El silbato de un tren a punto de partir retumba en las vigas de acero y resuena en las entrañas, llenando toda la estructura.
En las vías opuestas, un convoy recién llegado lanza un chillido metálico al frenar, el hierro contra el hierro alzando un grito agudo.
Más al fondo, desde un tren de carga abarrotado de ganado, los relinchos de caballos, los balidos breves de ovejas y el batir de alas rebotan por las paredes, trepando hasta el techo y mezclándose en una cacofonía que desprende la vitalidad de un sendero de bestias urbanas.

En los pasillos, comerciantes con maletines de cuero se gritan unos a otros, mientras los cargadores empujan carretas de ruedas chirriantes a través de la multitud.
El olor del hierro mojado por aceite, el humo de carbón y el sudor de los viajeros de largas distancias se funden en un aire denso que llena las fosas nasales.
Las risas agudas de los niños, las reprimendas de las ancianas, los silbatos cortos de los guardias y el estallido distante de una válvula de vapor: innumerables sonidos se entrelazan y, aun así, laten al unísono como el pulso de la ciudad.

Una estructura que, aunque posee la majestuosidad de un templo, respira como un ser vivo.
Un mecanismo colosal, símbolo de la civilización ferroviaria, que cruje y exhala vapor mientras devora a los viajeros… para luego expulsarlos de nuevo al mundo.

Bajo aquel imponente techo, Elhianos se detuvo y alzó la vista.

Su cabello corto, negro con reflejos rojizos, se meció suavemente al recibir la luz tenue.
En el fondo de sus ojos brilló el asombro, aunque sus labios, firmemente cerrados, intentaban disimularlo.
Recién concluido el viaje en tren, su figura parecía la de una peregrina que acaba de cruzar el umbral de un santuario extranjero.

Al verla así, Sora sintió un orgullo extraño.
No era una ciudad que hubiera construido, ni algo que le perteneciera.
Y, sin embargo, este era su lugar. La mitad de su vida transcurría aquí.
Sintió como si aquella ciudad se desplegara ante ellos como un escenario preparado para mostrárselo a Elhianos.
Un orgullo fuera de lugar, como el de alguien que guía a un invitado por su propio hogar, le llenó el pecho.

Al salir del andén, el pulso de la capital los envolvió de golpe.
Bajo la bóveda de hierro y vidrio, incontables personas se movían sin cesar: soldados con uniforme, comerciantes de viaje, peregrinos con hábitos, obreros cargando mercancías.
Los tacones de cuero golpeaban el suelo de piedra con un eco seco; se mezclaban las voces de los pregoneros y el eco lejano de un silbato.
La terminal palpitaba como si fuera el órgano vital de un gigantesco cuerpo.
El vapor flotaba en el aire, y el aroma denso del aceite y el incienso llenaba las fosas nasales.
Sobre ellos, las vigas metálicas se extendían como una telaraña, dejando pasar rayos de luz veraniega que caían como cuchillas blancas.

Elhianos, pequeña entre la marea de gente, se detuvo unos instantes.
Su mirada se alzó hacia el fondo de la bóveda, tan quieta que parecía que incluso el murmullo de la multitud se hubiera apagado.
El dobladillo de su hábito se movía con el flujo de los transeúntes, y su cabello corto devolvía con suavidad el brillo de la luz que caía desde lo alto.
Parecía incapaz de abarcar todo lo que veía, como una peregrina que contempla el mundo exterior por primera vez.

Sora se colocó a su lado y siguió su mirada.
En el cielo de la capital flotaba un inmenso símbolo sagrado, resplandeciendo tenuemente.
Una figura luminosa, grabada como si estuviera tallada en el mismo firmamento, cubría la ciudad como una bóveda celestial, y en su centro brillaba un halo.
Un símbolo de fe.
La prueba de que el poder de Dios vigilaba aquella metrópolis.

Sora entrecerró los ojos.
Aunque veía esa imagen cada seis meses, le ardía el pecho.
Esa luz parecía recordarle que, más allá de sus pequeños días, existía un orden inmenso e inalcanzable.

Elhianos bajó la vista y dejó escapar un suspiro profundo.
Aquel gesto llevaba una sombra que era al mismo tiempo reverencia y resignación, y Sora no encontró palabras.

Los dos empujaron las pesadas puertas del terminal y salieron a la ciudad.

Bajo la deslumbrante luz blanca, una amplia avenida de adoquines se extendía en línea recta, flanqueada por tejados escarlata y agujas que perforaban el cielo.
Las ruedas de los carruajes surcaban las rodaduras, el sonido de las campanas llegaba desde la lejanía y las voces de la multitud se arremolinaban en el aire.
Darmbach, la capital imperial: no era solo una ciudad, sino un gigantesco organismo que respiraba al unísono con el símbolo de Dios.

──El Día de la Victoria contra los Demonios estaba cerca.

En los pasillos que conducían a la plaza de la estación, la gente iba y venía con prisa, ocupada en los preparativos.
Los instrumentos pulidos de las bandas militares brillaban, los comerciantes exhibían recuerdos y banderas, y algunos ya vendían pequeñas enseñas y medallas de imitación para los niños.
En la plaza, se levantaban gradas provisionales y un estrado cubierto con telas esperaba el discurso conmemorativo.
Los ciudadanos murmuraban con expectación, mientras carteles que celebraban la victoria colgaban de cada farola.
La celebración principal sería en unos días, pero Darmbach ya estaba envuelta en el pulso vibrante del festival que se avecinaba.

El lugar al que Sora la llevó fue la Gran Iglesia Central, que se erguía en el corazón de la ciudad.
Más que haberla acompañado, parecía inevitable que así fuera.
“Tenemos que ir a la iglesia más grande de Darmbach” —dijo Elhianos.
Su voz tenía la firmeza de quien no deja lugar a explicaciones.

En el camino, el aire de la capital estaba saturado con el bullicio de los preparativos.
Los puestos del mercado festivo ya se alineaban a lo largo de las calles, y el aroma dulce de los pasteles horneados y el aceite de las frituras se mezclaba con el vapor que flotaba en el aire.
Los comerciantes ondeaban recuerdos con el emblema imperial, mientras los niños corrían luciendo en el pecho medallas falsas.

—Mira, fíjate en eso. Hay más puestos que el año pasado —comentó Sora, deteniéndose de vez en cuando para señalar.

—Oh.

—…Ajá.

Elhianos dirigía la mirada a lo que él señalaba, pero sin mostrar mayor interés.
Ni los aromas dulces ni el calor vibrante de la multitud parecían conmoverla: para ella, todo aquello no era más que parte del paisaje exterior.
En su perfil había una sombra de pensamientos lejanos, desconectada del festival frente a ellos.

Atravesaron las calles, avanzaron por la avenida y finalmente se detuvieron frente a un edificio cuyas agujas se alzaban hasta el cielo.
La iglesia, que reinaba en el corazón de la capital, mostraba en sus muros de piedra grabados solemnes con símbolos sagrados, y proyectaba bajo su cúpula la sombra de un halo celestial.
Elhianos, frente a sus enormes puertas, mantenía el rostro inexpresivo, como si quisiera impedir que nadie adivinara lo que sentía ante aquella presencia abrumadora.

Ella no dejaba de mostrarse inquieta; incluso al caminar mantenía las manos entrelazadas frente al pecho, haciendo girar los pulgares una y otra vez.
Ese pequeño movimiento era una señal muda, un desahogo sin palabras de su ansiedad.

Sora, viendo aquel gesto con el rabillo del ojo, no pudo soportar más el silencio y le habló:

—…¿Qué asuntos tienes en Darmbach?

—…

—¿Pasó algo en el pueblo?

Las respuestas fueron vagas, breves.
Ninguna de sus preguntas atravesó la coraza de Elhianos; se quedaban en la superficie, sin llegar al fondo.
El diálogo no fluía; los puentes de palabras que intentaba tender se derrumbaban en cuanto los lanzaba.
Sora no sabía si era porque él no sabía cómo preguntar o porque ella simplemente se negaba a hablar.

El sonido claro de las campanas de la iglesia llenó el vacío entre los dos, subrayando su silencio.

Pensó en contarle algo sobre su vida en la escuela de Darmbach:
las anécdotas del internado, los fracasos en clase, la rutina diaria como cadete.
Pero no estaba seguro de que a ella le interesara escucharlo.

Y, en realidad, parecía que su mente estaba en otro lugar.
Mientras caminaban, su mirada no se posaba en los adoquines de la calle, sino en algún punto lejano, invisible para Sora.
Al final, no dijo nada.

La emoción que había sentido al saber que saldría de viaje con Elhianos se había disipado.
Aunque caminaban juntos, entre ellos se extendía una distancia imposible de salvar.
Ninguna palabra surgía para atraer su atención; todas quedaban hundidas en el pecho de Sora.

El bullicio de la capital, que normalmente lo habría entusiasmado, ya no le causaba nada.
El jaleo de los puestos callejeros, el ruido de las ruedas de los carruajes sobre los adoquines, la sombra blanca de los símbolos sagrados proyectada sobre las calles…
Todo había pasado a ser solo un paisaje que lo atravesaba sin tocarlo.

Las voces de la multitud no sonaban como palabras, sino como una membrana que lo aislaba del mundo.

Elhianos avanzó, pasándole por un lado, y se detuvo junto a una hermana de hábito cercano para hablarle:

—Soy Kiwanagran. Vengo por lo de mi hijastro. Es un Tomodzure.

Su voz carecía de matices.
Era monótona, pero estaba tensada hasta un límite extraño.

Sora no entendió.

Tomodzure.
Y, además, que se presentara con aquel nombre, Kiwanagran, un nombre manchado y vergonzoso.
¿Sería por algún trámite? ¿O había otro motivo?

Lo único seguro era que él casi nunca la había escuchado pronunciar ese nombre.

El nombre completo de Elhianos era Elhianos Kiwanagran Protagoras.

Protagoras era el apellido de su padre, más seguro y con un tono corriente.
Pero Kiwanagran… era distinto.
Un apellido antiguo, transmitido por línea materna durante milenios, heredado como la propia sangre.
Un nombre siempre susurrado con cierto escándalo y una carga de destino inevitable.
En el instante en que ella lo pronunció, Sora sintió cómo el aire descendía un peldaño, como si un soplo frío emergiera desde el fondo de un pozo oscuro.

Sora permaneció inmóvil, en silencio.
Incapaz de medir el peso de aquellas palabras, solo pudo contemplar la espalda de ella.
El cabello rojinegro de Elhianos reflejaba la luz tenue, proyectando su sombra sobre el muro blanco de piedra.

La hermana a la que Elhianos había dirigido la palabra sonrió con la formalidad de un trámite y asintió, llamando de inmediato a otra religiosa.
Ellas los guiaron hacia el interior.
Cada paso sobre el suelo pulido de piedra marcaba un ritmo grave, y con cada uno parecía profundizarse el silencio que los rodeaba.

En una estancia más elegante, los recibió otra hermana.
Su mirada, penetrante hasta el fondo de los ojos, los examinó antes de volver a hablar:

—Ah… Oración por el hijo heredero. Está bien. Síganme.

La frase sonó amable, pero no dejaba margen a la negativa.
Era como si todo ya estuviera decidido de antemano.

Sora no tuvo más remedio que obedecer.
Creía estar acostumbrado a la vida en la capital, pero desde que puso un pie en aquel lugar, sentía el pecho oprimido.
Una solemnidad tan intensa que lo asfixiaba.
Él, que rara vez pensaba en Dios, no podía dejar de sentir Su presencia en aquel sitio.
Y cuanto más avanzaban hacia el interior, más denso se volvía aquel sentimiento.

Era un espacio que no podía describirse solo como “grande”.
Sobre ellos, una cúpula blanca se alzaba como si perforara los cielos, expandiéndose como el dosel mismo del mundo.
El hormigón liso parecía vivo en su pulida perfección, y rompiendo su blancura uniforme, una serie de ventanas fusiformes —como los radios de un paraguas— dejaban pasar haces de luz azulada.
Esa luz, fría y cristalina, ardía como si quemara al tocarla, destacando cada una de las enormes columnas de piedra que sostenían la cúpula y proyectando sombras monumentales sobre el suelo.

Las columnas de piedra permanecían ahí, erguidas como gigantes antiguos, cubiertas por completo —al igual que los muros— de innumerables relieves y grabados.
Curvas que imitaban enredaderas, multitudes de soldados alzando armas, bestias enigmáticas nunca vistas.
Bañados por la luz del día, reflejaban un resplandor níveo y proyectaban sombras profundas, haciendo que aquel espacio pareciera respirar con vida propia.

—Vaya… —la voz se escapó sola de la boca de Sora—. No sabía que aún quedaban lugares así en Darmbach…

Él, que creía estar acostumbrado a la capital, no pudo contener su asombro.
En ese instante comprendió de nuevo cuántas capas de historia contenía aquella ciudad.

Pero Elhianos era diferente.
Ella no se dejó impresionar por semejante majestuosidad.
Su mirada permanecía fija en un solo punto, al frente.

Sora siguió aquella línea invisible y lo vio:
bajo la cúpula, en el centro del gran salón, se erguía un monumento de piedra que destacaba sobre todo lo demás.
Sus inscripciones, talladas con tal profundidad que podían leerse incluso a la distancia:

“Aquí yacen Eri y Ylrm.”

No hacía falta pensar para comprender lo que significaban esos nombres.
Eri y Ylrm: los dioses creadores, aquellos que dieron forma al mundo y fueron los primeros en caminar sobre las estrellas.
Eri, la diosa madre; Ylrm, el dios del amor carnal.
Sora lo recordaba de las lecciones en el orfanato: la base misma del mito que todos conocían.

Pero frente a esas palabras, el aire alrededor de Elhianos se tensó.
En medio de aquella estancia inundada de luz, ella parecía clavada al suelo, como una sombra atrapada en el tiempo.

—Ah… —Sora lo entendió al fin.
Ella miraba el nombre de Ylrm.

Era como si cada letra grabada en esa piedra la llamara, como una herida aún abierta que, tras mil años, seguía supurando.
El apellido Kiwanagran se había convertido en un nombre maldito por un motivo:
un suceso de sangre, violencia y transgresión vinculado al dios del amor carnal.

Aquel incidente convirtió a los Kiwanagran en un linaje marcado por la deshonra, un estigma que los condenaba a recibir miradas frías tanto en la capital como en el pueblo más remoto.

Lo que Elhianos estaba mirando no era solo el nombre de un dios.
Era la maldición que había encadenado a su familia y la había arrastrado hasta la condición de esclava.
Y entonces Sora comprendió el peso de lo que ella había hecho: pronunciar voluntariamente aquel nombre suyo debía de ser un acto doloroso, casi insoportable.

Elhianos no se movía.
No rezaba, no se arrodillaba, solo permanecía de pie.
Parecía una estatua que hubiera estado allí durante siglos: silenciosa, frágil, a punto de desmoronarse si alguien la tocaba.

Al verla de perfil, Sora sintió cómo algo pesado se acumulaba en su pecho.
Quiso hablarle, pero no sabía qué decir.
Sentía que cualquier palabra rompería lo que ella era en ese momento, así que se quedó quieto, atrapado en el silencio.

—…¿Estás bien, Elhianos?

La voz llegó hasta ella, pero el gesto siguiente quedó suspendido en el aire: su mano, que iba a posarse sobre su hombro, solo acarició el vacío a pocos centímetros.
Era un movimiento sorprendentemente cobarde, incluso para él.

En el fondo de su pecho, otra voz le susurró: No es una mano para consolarla; es una mano que quiere tocarla.
La emoción cruda que cargaban sus dedos habría manchado cualquier gesto de simple cuidado.
Por eso se detuvo. No tenía otra opción.

Al final, nada llegó a ella.
Su hombro seguía ahí, indefenso.
Quería acercarse, pero esa vacilación arruinó el momento.
La vergüenza le ardió en las mejillas. Ella no lo sabe, pensó. Y si lo supiera, tampoco diría nada.
La pequeña distancia entre ambos parecía un abismo insalvable.

—…Estoy bien.

La voz de Elhianos era llana como una hoja afilada a la que se le hubieran arrancado todos los matices emocionales.
Y sin embargo, en ese tono frío podía sentir cómo ella cerraba firmemente su mundo interior, afirmándose como algo inquebrantable en aquel espacio de oración.
Su cabello rojinegro, cortado al ras, se movió apenas con el gesto de su cuello.
Su rostro no mostraba ni miedo ni alivio, solo una resolución resignada: lo hace porque es necesario.

Sora miró ese perfil mientras su mano suspendida en el aire perdía sentido. Al final, no tuvo más remedio que dejarla caer.

—Bien. Ahora arrodíllense detrás de mí. Tú también, por ahora.

La voz de la hermana solo enunciaba las instrucciones del ritual, pero para Sora sonó como un alivio.
No era compartir el peso del momento, sino aceptar el papel de mero espectador; aquello le trajo una calma inesperada.
Ese “por ahora” que la hermana añadió marcaba con claridad la frontera: lo que él debía hacer era poco, y lo que no debía tocar era mucho.

—Ofreceré la oración. Repítela en silencio en tu mente y, al final, di conmigo las palabras conclusivas.

La hermana habló mientras se arrodillaba junto a Elhianos.
El hábito blanco rozó el suelo de piedra y produjo un sonido áspero.
Desde las ventanas altas, la luz dibujaba un halo sobre su espalda: era la figura de alguien que cargaba con la presencia de Dios.

Sora la imitó, doblando las rodillas hasta que el frío del suelo de piedra le mordió las piernas.
Pero más que esa frialdad, comprendía —como un presentimiento— que lo que tocaba no era solo piedra, sino el abismo del pasado y el destino de Elhianos.

Aquel ambiente no era como el bullicio de la ciudad ni como el rigor del campo de entrenamiento.
Cada respiración debía medirse, como si un solo aliento pudiera romper lo que tenía delante.

Elhianos movió apenas la espalda, y el contorno de sus omóplatos se insinuó bajo la tela.
Entonces Sora volvió a sentir con fuerza el calor del hombro que no había podido tocar y comprendió, con una punzada amarga, que no podía cruzar esa distancia.

Las palabras de la hermana comenzaron a llenar el vasto espacio.
Cada frase ascendía hacia la bóveda, se deslizaba entre los pilares y finalmente se mezclaba con el silencio, como si la piedra misma las absorbiera.

Sora apenas podía seguirlas en su mente.
Formaba los sonidos en su boca sin atreverse a pronunciarlos.
La espalda de Elhianos se inclinó levemente hacia delante, y sus dedos entrelazados se tensaron hasta volverse blancos.

—Omnipotente y ancestral Señor nuestro.
Aquí presentes, nuestros señores Eri e Ylrm.
Y tú, Señor Ylrm en particular.
Aquí está quien carga con tu castigo:
escucha la súplica de los Kiwanagran…

El eco de la oración trazó círculos bajo la cúpula antes de desvanecerse.
Con cada silencio que seguía, el peso en el aire parecía hacerse más profundo.

—Aquí está quien, de ahora en adelante, vivirá cumpliendo tu mandato.
Por ello, te rogamos una sola cosa: escúchala.
Aquí está quien ha cargado con tu castigo y ha vivido en expiación.
Y quien, por toda su vida, seguirá cargando con él.
Pero por favor, no permitas que este castigo recaiga sobre el niño por venir.
Por tu misericordia, te suplicamos que lo perdones.
Que guarde tus santos preceptos y se esfuerce siempre por ser digno ante Ti.
Te rogamos que le muestres a ese niño el camino de tu voluntad.
Con tu bendición, concédele autoridad. Notis.

Con tu bendición, concédele autoridad. Notis.

Las voces de Elhianos y Sora repitieron únicamente las palabras finales. El eco rebotó entre las paredes… y después cayó un silencio absoluto.

Nunca había escuchado una oración así.
Incluso él, un huérfano criado dentro de la Iglesia, jamás había oído aquellas palabras.
Una plegaria apartada de las enseñanzas habituales, destinada a una familia cuyo nombre era evitado incluso en la doctrina: una oración para los Kiwanagran.

La sorpresa fue lo primero.
Pero antes de que su oído pudiera asimilarla, su pecho ya lo entendía:
Ah… esto es una oración por Elhianos. Y también, por el hijo que ella tendrá.

Con razón Elhianos había dudado tanto en revelar el verdadero propósito de este viaje.
Ponerlo en palabras era declarar en voz alta la maldición que corría por su sangre. Explicar lo que significaba nacer llevando el linaje Kiwanagran debía de sentirse como desgarrarse la garganta: una condena impuesta desde el nacimiento, convertida en palabras frente a otro. Sora podía imaginar, aunque no abarcar del todo, el peso insoportable que ella cargaba a diario sobre los hombros.

Quizá por eso lo había traído consigo.
Ese pensamiento se le clavó de pronto. Incluso después de presenciar esta oración, él sabía que nunca juzgaría a Elhianos. Lo sentía con certeza. Y tal vez ella también lo sabía. Tomodzure: no un simple acompañante, sino alguien que pudiera tocar sus heridas sin rechazo ni condena. Alguien que pudiera estar ahí. Así lo había elegido.

¿Era correcto pensar así? No lo sabía.
Pero al mirar su pequeña espalda, no pudo evitar creerlo.

Elhianos confía en mí.
Ese pensamiento se deslizó en su pecho, cálido, expandiéndose desde adentro. Como si el corazón de ella, que siempre había estado tan lejos, de pronto hubiera sido depositado cerca de su mano. Aunque solo fuera una ilusión, le bastaba. Que ella lo hubiera necesitado hasta este punto era, por sí mismo, de un valor incalculable.

Podría considerar casarme.
Aquellas palabras resonaban una y otra vez en sus oídos. Considerar… ¿Era aceptación? ¿O solo una prórroga? La esperanza y la duda difuminaban el significado. Si aquella frase era solo un anzuelo para ponerlo a prueba… si ella aún no había tomado una decisión… Pensarlo lo hacía sentirse mezquino, buscando desesperadamente un sentido donde quizá no lo había.

Y aun así, no podía evitar alegrarse.
Que Elhianos hubiera pronunciado la palabra “matrimonio” entre ellos dos era, por sí solo, un hecho que hacía latir con fuerza la esperanza en su pecho, aunque supiera que era precipitado.

Ella seguía arrodillada, con la mirada clavada en el monolito.
Sus manos entrelazadas temblaban, los dedos presionando tanto que las uñas se volvían blancas. Sus labios permanecían cerrados, pero su garganta se movía, y el vaivén contenido de su respiración agitaba su pecho. Desde el inicio de este viaje, ella había sabido exactamente a qué se dirigía: su perfil rígido lo gritaba. Y sin embargo, conocerlo no le evitaba tener que enfrentarlo; esa resignación se aferraba a cada línea de su postura.

No apartaba la vista, aunque sus párpados caídos proyectaban sombras bajo sus pestañas. El borde de su hábito se movió apenas, recordando a Sora la presencia oculta del grillete en su tobillo: el recordatorio de un sistema cruel que no dejaba lugar para huir.

Y, aun así, aquella muchacha encadenada había elegido, como último vestigio de voluntad, con quién estaría en ese momento. Esa elección estaba grabada en sus dedos temblorosos, en la tensión de su nuca erguida, en todo lo que ella era ahora.

—La oración ha concluido. Ahora… sigan a la hermana que se encuentra allá.

La voz que retumbó en el espacio no anunciaba tanto el fin de un rito como el inicio de un camino ya trazado. Tenía la fría neutralidad de quien despacha lo inevitable. Sora comprendió entonces que aquella hermana que había guiado la plegaria no era más que eso: un instrumento del ritual, alguien cuya presencia en aquel lugar pertenecía más al templo que a la carne. No se movía, no alteraba el gesto, como si fuese parte del mismo aire que llenaba la cúpula. No era autoridad, sino un canal. Su porte —y el velo con ribetes plateados— bastaban para que incluso un profano como él entendiese que estaba ante una figura de alto rango.

Sora y Elhianos caminaron al unísono hacia el borde del domo. Solo el eco de sus pasos interrumpía el silencio: cada golpe del cuero contra la piedra fría multiplicado por la vastedad del recinto, como si las paredes mismas quisieran ponerlos a prueba.

En el acceso, una joven hermana aguardaba erguida. Al verlos, inclinó la cabeza y extendió un manojo de documentos hacia Elhianos. Varias marcas y sellos, rojos y negros, saturaban el papel, visibles como cicatrices: constancias de quienes habían revisado, aprobado, quizá condenado.

—Por aquí, por favor —dijo con voz breve, acompañando sus palabras con el suave movimiento de una manga blanca que señalaba el camino.

No era una invitación: era una orden envuelta en cortesía. Sin más palabras, giró y comenzó a andar con un ritmo uniforme, casi irreal, como si ni sus pies tocaran el suelo. Ni vacilación ni pausa: su caminar marcaba un compás que nadie debía alterar.

Sora la siguió, mirando de reojo a Elhianos. Ella sostenía el fajo de papeles con ambas manos, apretándolo con los pulgares e índices como si temiera que se deshiciera al menor descuido. Los había abierto al paso, hojeando las líneas con rapidez antes de cerrarlos con un cuidado ceremonioso. El silencio que emanaba de su gesto decía que aquellos documentos pesaban más que el papel que los formaba.

Su andar era rígido, y aunque no se detenía, la tensión en su espalda era evidente. Cada músculo de su pequeña figura parecía tensado para impedir que el miedo le doblara el cuerpo.

¿Qué quiere decir con “lo siguiente”? pensó Sora, conteniendo el aliento sin notarlo.

El corredor al que entraron parecía suspendido fuera del tiempo. No había calor ni bullicio que viniera del exterior; solo el frío pulcro del mármol y la luz tamizada de vitrales que pintaban sus pasos de azul, rojo y dorado. Era como si cada zancada los hundiera un poco más en un mundo distinto al que habían dejado atrás.

Elhianos mantenía la vista fija al frente. Sus dedos, pálidos por la fuerza del agarre, temblaban levemente, y en su perfil se dibujaba un propósito callado, una resolución que no necesitaba palabras.

Sora tragó saliva.
¿Qué nos espera al final de este camino?

Bastaba aquel aire tenso y espeso para hacer sentir que algo inevitable se acercaba.
Con cada paso, la inquietud de aproximarse a una respuesta no deseada ascendía desde los pies hasta el pecho.

Cruzaron varios patios y avanzaron por un claustro abierto al jardín.
Nadie sabría decir en qué punto del vasto recinto eclesiástico se encontraban: era un rincón apartado, donde las voces de las oraciones y el tañido distante de las campanas se desvanecían, dejando solo el olor a hierba y el frío del empedrado.
Las construcciones alargadas que allí se alzaban, con aspecto de antiguas barracas, mostraban otro rostro del conjunto: menos majestuoso, más severo, envuelto en un silencio diseñado para aislar a quien llegara.

Los llevaron a una de esas estancias:
una habitación sobria, con una cama doble junto a la ventana.
Paredes blancas, suelo desnudo, sin un solo adorno; todo vestigio de vida cotidiana había sido borrado, como si aquel espacio existiera únicamente para “estar de paso”.
Por la ventana, apenas entreabierta, entraba el sonido del follaje movido por el viento y, más lejos, el aleteo de las palomas del santuario.

—Cuando terminen, llamen. Volveré a verles dentro de cinco horas. Que la gracia les acompañe.

La hermana que los había conducido pronunció estas palabras con una concisión casi fría.
Luego inclinó la cabeza, cerró la puerta sin ruido y desapareció, dejando a Elhianos y a Sora, solos.

—¿Qué… qué significa esto? —alcanzó a decir él—. ¿Ha dicho… cinco horas?

Ante la pregunta, Elhianos no respondió.
En silencio, le tendió los documentos que había protegido entre sus brazos como si fueran reliquias.
Sus manos estaban rígidas, y los dedos, al extenderse, temblaban apenas perceptiblemente.

Al tomarlos, Sora notó que los bordes del papel estaban húmedos de sudor.
Esa humedad hablaba más que cualquier palabra del peso que ella había cargado hasta llegar allí.

—¿Puedo… leerlo?

Elhianos parpadeó una sola vez.
No hubo asentimiento ni negativa, solo un silencio que Sora interpretó como afirmación, aun sintiendo cómo una extraña pesadumbre le descendía al pecho.

Cinco horas.
¿Qué se esperaba de ellos en ese lapso?

El aire del cuarto comenzó a perder su anclaje en la realidad.
Solo quedaba la presencia aplastante del tiempo.

El contenido era este:

Elhianos Kiwanagran Protagoras pertenece, aunque de manera ilegítima, a la sangre de la Casa Kiwanagran, rama de la familia imperial, y, por disposición del cielo, su vida concluirá a los veinticinco años. Por ello, habiendo superado ya los dieciséis, debe concebir descendencia.

En adelante, este proceso se denominará Creación del Vástago.

La persona que recibe este documento como “acompañante designado” queda reconocida como pareja escogida para la Creación del Vástago, y deberá responder a esta elección.

El receptor podrá aceptar inmediatamente, posponer la decisión o rechazarla.

En caso de aceptación inmediata, el receptor deberá firmar el Acta de Consentimiento para la Creación del Vástago y estampar el sello divino, asumiendo así la obligación de realizar los esfuerzos necesarios para llevar a cabo el proceso lo antes posible.

En caso de posposición, el receptor deberá firmar el Acta de Compromiso para la Creación del Vástago y estampar el sello divino, asumiendo así la obligación de cumplir el proceso antes de que el término vital de Elhianos llegue a su fin.

En caso de rechazo, no recaerá sobre el receptor obligación alguna. Sin embargo, se le recuerda que en tal caso la Hermandad de Delegados Sagrados procederá a implementar los medios necesarios para intentar la Creación del Vástago.

El documento llevaba incluso el sello imperial.

Por un instante, el cerebro rechazó el significado.
Era como si el contorno de la realidad hubiera sido forzado a redibujarse: una sensación ajena, transmitida a través del tacto áspero del papel.
Un sello imperial.
No era una simple notificación.
Era la voluntad misma del Imperio.
Un mandato diseñado para doblegar cualquier resistencia.

Lo entendía.
O más bien: no tuvo más remedio que entenderlo.

Elhianos… debía engendrar un hijo como miembro de la familia imperial.
Y Sora había sido elegido para ello.

Podía rechazarlo, sí.
Pero si lo hacía, lo decía claramente:
“Se procederá a la Creación del Vástago mediante el ritual aplicado por la Hermandad de Delegados Sagrados…”

Ese “proceder”… ¿qué significaba realmente?
Sonaba burocrático, aséptico.
Pero bajo esa capa de formalidad, ¿qué tan cruel sería la realidad que lo esperaba?
Sora no podía imaginarlo, aunque una sola certeza se clavaba como espina:
Elhianos sería forzada por otros.
De manera mecánica.
Convertida en pieza de un ritual.
Y obligada a concebir un hijo.

La Hermandad de Delegados Sagrados.
Conocía el nombre, no la verdad.
Una institución que dirigía las órdenes religiosas, intervenía en lo militar y lo político, y a veces ejercía la voz misma del Emperador.
Entre el pueblo, la llamaban el “Imperio en la sombra”.
Sus funciones estaban más allá de la ley.
Un monstruo envuelto en rumores.
Nadie hablaba de lo que ocurría tras aquella máscara fría de santidad.

Ese “proceder”…
Era una palabra sin carne.
Sin amor.
Sin emoción.
Una palabra que convertía las vidas en trámites.

Los dedos que sostenían el documento sudaban; el papel se ondulaba bajo la humedad.
El corazón golpeaba el pecho con cada latido, pesado, como si quisiera escapar.

¿Sabía Elhianos todo esto?
¿Venía cargando, en ese cuerpo tan pequeño, toda esta decisión… y toda esta resignación?

Solo imaginarlo apretaba el pecho hasta doler.

—Yo… ¿qué se supone que haga…?

Las palabras salieron antes de que la razón pudiera detenerlas.
La garganta habló sola.
Y en cuanto lo dijo, un hielo le atravesó el pecho.

No debía haberlo dicho.
Cuanto más lo pensaba, más claro se volvía:
¿Cuántas veces había pedido su mano?
¿Cuánto de su deseo por ella había puesto en palabras, una y otra vez?
Y ahora, justo aquí, pronunciaba un “no sé qué hacer”.

Era ligero.
Sonaba vacío.
Sonaba como una traición.

Quizá aquella frase acababa de herirla profundamente.
Quizá todo lo que había sido su insistencia y sinceridad, ahora parecía una farsa, un capricho pasajero.

Porque Elhianos le había confiado algo inmenso.
Le había llevado hasta allí.
Lo había elegido como su único acompañante, como alguien capaz de cargar con un destino imperial.
Había depositado en él su decisión más grave.

Y Sora… acababa de pisotear esa confianza con una sola frase.
Como si confirmara, con su propia boca, que no era más que un hombre de palabras huecas.

En el fondo del pecho, se asentaba un odio hacia sí mismo imposible de nombrar.
Un remordimiento que crecía, como una náusea que se expandiera desde lo más profundo del cuerpo.

“Si me das un hijo… quizá me case contigo.”

Las palabras cayeron como si hubiesen estado acumuladas durante años, desprendiéndose solas.
No fue un susurro, sino el eco inevitable de algo que ya no podía contener.
Su volumen fue bajo, pero su claridad cortante.
No había en ellas el brillo de quien se anima a sí misma, ni la sombra absoluta de la rendición.
Eran, simplemente, la voz desnuda que se abre paso a través de capas espesas de emociones domadas.

Avanzó hacia él con pasos que, aun nacidos de la duda, tenían un rumbo definido.
Los pies de quien sabe que detenerse no es una opción.
Se detuvo frente a la cama y bajó la mirada.
No parecía pensar, sino más bien obligarse a no pensar.
Alisó el dobladillo de su falda contra los muslos: un gesto breve, casi un ritual, para recordarse que aún estaba allí, que aún era ella misma.

Se sentó.
Entrecruzó las manos con una fuerza que no buscaba entrelazarlas, sino apretarlas hasta que los nudillos se pusieron blancos y las yemas, rosadas.
Aquellas manos pequeñas hablaban por ella: del nudo de tensiones que llevaba dentro, de la resignación que la sostenía y de la diminuta chispa de rebeldía que se negaba a apagarse.
Era como si en ese apretón viviera un grito silencioso.
Y Sora lo entendió: había allí un territorio al que no podía acercarse.

No.
Aquello no era una broma ligera.

Era el modo en que una muchacha encontraba la fuerza para cargar, sin dejar de ser ella misma, las palabras que el deber le había impuesto.
Su máxima forma de valor.

Entonces, en la mente de Sora, cada fragmento de los últimos días se encadenó en una sola imagen:

El momento en que ella dijo: “Si aceptas ser mi acompañante, quizá lo piense”, con aquella sonrisa ambigua.
Las veces que tartamudeó cuando trató de explicar el motivo de su viaje a la capital.
Su mirada ausente en el carruaje y en el tren, como si el alma estuviera muy lejos.
Las respiraciones hondas cuando alisaba los pliegues del hábito.
El girar nervioso de sus pulgares cuando creía que nadie la veía.

Todo.

Todo se convirtió en una línea recta.
Elhianos había estado preparándose desde el principio.

Aquella habitación de cinco horas.
La oración ofrecida antes.
Todo conducía a este momento.

Y al comprenderlo, algo denso y pesado se hundió en el fondo del pecho de Sora.

Entonces… ¿solo debo responderle?

Aquella pregunta iba dirigida a sí mismo.
No había nadie a quien responder y, aun así, un frío le recorrió la espalda.

El orgullo de haber sido elegido para Elhianos.
La presión aplastante.
La emoción bruta que lo zarandeaba, haciéndole sentir que el suelo podía ceder bajo sus pies.

Frente a él, una muchacha permanecía sentada, las manos entrelazadas con fuerza, inmóvil.
Si ella había decidido aceptarlo todo y estar allí, así, entonces… ¿qué debía hacer él?

Elhianos estaba sentada en el borde de la cama, apartando deliberadamente la mirada de Sora; sin embargo, el contorno frágil de su cuerpo parecía irradiar una presencia que dominaba el tiempo mismo de aquella habitación.
Bajo las pestañas caídas, sus ojos temblorosos se fijaban en el suelo.
Los dedos, enlazados, se frotaban una y otra vez, dejando oír un leve roce seco.
Su respiración era corta, y el ascenso y descenso de su pecho, medido pero tenso, parecía impregnado de amargura.
Estaba esperando.
No lo decía, pero todo su ser lo declaraba, llenando el estrecho espacio con ese mensaje silencioso.

Guiado por ese silencio, Sora se sentó a su derecha.
Evitó mirarla, fingiendo naturalidad, y colocó el documento sobre la mesa auxiliar con un gesto cuidadoso.
El golpe leve del papel contra la madera resonó como un estampido, grabando su presencia en aquella habitación y desordenándole el pecho.

Pasaron segundos, decenas, quizá más; sin reloj, los silenciosos segundos eran agujas que se le clavaban en la piel.
¿Qué pensaba ella?
¿Qué había decidido?
¿Qué debía decir o hacer él?
Los pensamientos se enredaban, hasta que, en el rabillo del ojo, vio cómo las rodillas de Elhianos temblaban ligeramente.

Y entonces, de repente, buf.
Ella dejó caer el cuerpo y se recostó boca arriba.
El hábito se abrió apenas, esparciéndose sobre las sábanas blancas.

Las ocho horas de viaje, el asiento duro y el traqueteo interminable habían drenado las fuerzas de aquel cuerpo todavía juvenil.
Su figura entera parecía desmoronarse, convertida en una muñeca sin peso hundida en el colchón.

Sus ojos miraban al techo, como si no hubiera nada que contemplar.
Pero sus labios, apenas moviéndose, pronunciaron una orden:

Rápido.

Aquella palabra, a medio camino entre susurro y mandato, selló definitivamente el peso que llenaba la estancia.

Elhianos tenía los ojos cerrados.
Las sombras de sus pestañas acariciaban las mejillas, temblando apenas con cada respiración profunda.
Sus brazos caían a los lados, los dedos abiertos, vacíos de fuerza.
No era un gesto de rechazo, sino una declaración silenciosa: lo entregaba todo.

El hábito ceñido de color negro azabache dibujaba sobre las sábanas un contorno tan nítido que parecía tallado.
La tela caía sobre sus muslos, insinuando sus curvas, y descendía hasta formar un pliegue natural sobre la ingle, una sombra que bordeaba el camino al centro de su cuerpo.
Yacía ahí, desprotegida, con el hábito como único velo.
No para ocultar, sino para cubrir, apenas, sin la voluntad de esconder nada.

Desde el pecho hasta el vientre, una ondulación suave acompañaba cada respiración.
Bajo el leve relieve de los senos, el torso estrecho y firme tomaba aire profundo… y lo expulsaba.
El ritmo era regular, sí, pero demasiado rápido.
Ese compás apresurado dejaba claro que ella no estaba dormida. Estaba despierta. Despierta y presente en ese instante.

¿Estará nerviosa?
El pensamiento cruzó como un dardo y, al instante, algo pesado se hundió en el pecho de Sora.
El perfil que tantas veces había visto, ahora le parecía ajeno. Como si no fuera ella.

Que él se hubiera sentado a su lado sellaba un acuerdo silencioso y cruel en el aire de aquella habitación.
No habían hablado.
Pero el silencio lo decía todo: esto iba a ocurrir. Ese era el papel, el desenlace.

Ella ya había tomado su decisión hacía tiempo.
Detrás de los párpados cerrados no había rechazo ni miedo, solo aceptación.
Una serenidad compuesta de resignación y determinación: sabía lo que iba a suceder… y aun así no huía.

Solo faltaba que Sora actuara.
Ella había dicho apenas dos palabras —rápido—, que pesaban como una orden. Un inicio.

Pero ¿por dónde empezar?
La mente quedó en blanco.
¿Debía besarla?
¿O tocarla primero?
Y si tocaba… ¿dónde? ¿En el hombro? ¿En la mano? ¿En otro lugar…?
Cuanto más pensaba, más distante se volvía la respuesta. La tensión crecía, hinchándose como un globo a punto de estallar.

En su imaginación, estas cosas siempre empezaban con un beso.
Pero aquello lo hacían los amantes, y ellos… ellos aún no eran eso.
Y esa conciencia lo paralizaba: ¿qué significado tendría este acto?

Frente a él, Elhianos esperaba.
El negro y blanco del hábito le daban un aire irreal, casi sagrado.
Como una muñeca sin voluntad, su quietud llenaba a Sora de una mezcla insoportable de dolor y ansiedad.

¿Esto es un ritual?
¿O el inicio del amor?
La respuesta aún no se inclinaba hacia ningún lado.

Por eso eligió lo más seguro, lo único que le permitía mantenerse entero:
deslizó los dedos hasta la palma de su mano derecha.

Un leve sobresalto recorrió los dedos de ella.
Al tocarla, Sora sintió el calor húmedo de su piel, la suavidad, la pequeñez.
Rozó la base del pulgar, percibiendo su leve firmeza, y al rodear su muñeca, la fragilidad de sus huesos le golpeó la palma como un recordatorio vivo.

Sus dedos ascendieron por el antebrazo, del codo al bíceps.
Bajo la tela del hábito, el cuerpo era delgado, pero no débil: había firmeza bajo aquella suavidad.

Al llegar al hombro, dudó.
¿Dónde debía ir después su mano?

Entonces alzó la vista.

Y ahí estaba el rostro de Elhianos.

Tan cerca.
Nunca antes había mirado a Elhianos tan de cerca.
Olvidó la sensación de la mano que estaba tocando, incluso el sonido de su respiración, capturado por esos ojos verde oscuro.

Ojos que, aun llenos de luz, cargaban sombras.
Como si, tras un cristal, mirara las aguas profundas de un lago sin fondo.
No eran solo hermosos: parecían contener algo más, algo que los hacía inabarcables.

Esta es Elhianos.

Quedó atónito.
Por un instante, su conciencia estuvo a punto de ser arrastrada, pero la razón regresó fría, implacable.
Recordó qué estaba haciendo allí. Qué estaba a punto de hacer.
Y tragó saliva.

Ella estaba allí por una única razón:
En los nueve años que le quedaban antes de cumplir veinticinco, debía, sin opción alguna, tener un hijo.
No “algún día”, sino cuanto antes. Una sentencia disfrazada de deber.

Un sistema brutal había reducido su vida a un simple medio.
Su futuro estaba sellado, prefijado como una partitura donde no quedaba espacio para la improvisación.
El único resquicio de libertad que podía quedarle era apenas eso:
elegir, aunque fuera un poco, con quién.

¿Puede llamarse libertad a eso?
¿Hay sentido en una concesión tan ínfima?
No poder decidir sobre su propio cuerpo, ni su corazón, ni siquiera sobre la vida que nacerá de ella… ¿qué clase de soledad cava eso en una persona?

¿Cómo puede permitirse algo así?

En lo más profundo de su mente, una voz lo susurró con frío desprecio.
Y mientras tanto, la presencia de ella, respirando tranquilamente frente a él, lo atravesaba como un cuchillo.
Ella, una persona viva, estaba atrapada en esa realidad.

Sí… los documentos lo decían con claridad.
Ella era una Kiwanagran.
Descendiente de aquella familia que la gente nombraba con miedo y prejuicio.
Prueba de ello era la marca: en su costado izquierdo, los intrincados motivos geométricos, negros y precisos, como si hubiesen sido grabados a cuchillo.
El “Estigma de Ylrm”.

Recordaba haberlo visto, siendo niño, en los baños del orfanato.
Ignorante entonces, sin entender lo que miraba.
La carne blanda atravesada por líneas severas, prohibidas, como una piel transformada en sentencia.
Una visión que aún ardía en el reverso de sus párpados.

Pero aquello era solo la superficie. No era la esencia.

¿Realmente puedo aceptar ser elegido así?

Lo que sentía no era honor, ni alegría.
Era vértigo.
Como si lo arrastrara hacia las profundidades una fuerza implacable.
La certeza de que ella lo había llamado porque él era el último recurso.

El único refugio que podía elegir.

Si su única libertad era esa, si lo había escogido para ejercerla, ¿qué podía darle él a cambio?
No había respuesta.
Solo la pregunta, creciendo, pesando, llenándole el pecho.

A simple vista, cualquiera podría engañarse creyendo que aquello era un motivo de alegría.
La única migaja de voluntad que le quedaba a Elhianos —poder decidir si tendría un hijo con alguien que pudiera, aunque fuese un poco, desear— había acabado por señalarlo a él.

Pero el calor que le subía al pecho no era júbilo. Era un sedimento amargo.

¿Por qué lo había elegido ella?

Porque me prefiere. Quería creerlo. Necesitaba creer que, aunque fuese un poco, el corazón de Elhianos se inclinaba hacia él. Pero la realidad, intuía, era otra. No había allí amor ni anhelo, sino apenas el resultado frío de una comparación: alguien menos malo que los demás.
Y él había quedado al final de esa criba.

El pensamiento le secó la garganta. No era honor, no era afecto: era ser reducido a una condición.
El peso de saberse escogido como “la pieza menos indeseable” lo aplastaba.
Sobre el eco de la resignación y el último rescoldo de rebeldía que sostenían a Elhianos, él no era más que una pieza colocada.
Y esa certeza trajo consigo una soledad desconocida, no desde ella hacia él, sino desde su propio interior.

Nunca imaginó que el sueño que había acariciado tantas veces —estar con ella— llegaría así: apoyado en un mecanismo sin alma y en la tragedia que pesaba sobre ella.
Sí, siempre había querido amarla. Pero no así. No en medio de una ceremonia que olía más a sentencia que a unión.

Y entonces un pensamiento irrumpió con la fuerza de un relámpago: protegerla.
Era la única verdad que quedaba.

No podía imaginar qué eran exactamente los “procedimientos” de la Sagrada División Delegada.
Pero sabía que no habría en ellos calor humano, ni compasión.
Sería una operación fría, un trámite ejecutado por manos anónimas, una violación revestida de ritual.
Aunque durase solo unos instantes, implicaba que el cuerpo y la dignidad de Elhianos serían entregados a otros.
El solo imaginarlo le desgarró por dentro.

Se le erizó la piel. La rabia, el miedo y el asco hirvieron en su sangre, convertidos en un vendaval que lo golpeaba desde el interior.
Era insoportable. Inaceptable.
Esa visión le clavó uñas invisibles en lo más hondo del pecho.

No. No puedo permitirlo.
No importaba el precio. No importaba qué tuviera que entregar. No dejaría que la sometieran a eso.

Elhianos, tendida tan cerca de él, era una presencia tan frágil como innegociable: algo que se podía romper con un suspiro, pero que nadie debía arrebatarle.
Las alternativas escritas en aquel documento —“aceptar de inmediato”, “aplazar”, “rechazar”— desfilaron ante sus ojos.
Y supo, al instante, que no había elección real: “rechazar” no existía.

Amor. Instinto. Posesión.
¿De qué servía ponerle nombre?
Solo importaba una verdad: negarse significaba empujarla a los brazos de ese engranaje sin rostro.

Y ante esa idea, la lógica y la ética se disolvieron.

Quedó solo la fuerza bruta de su emoción: protegerla, no dejar que la toquen, no permitir que la manchen.
Todo eso se fundió en una única certeza.

Protegerla.
Ese era el único camino que le quedaba. Su única elección.
Su único alivio.

Pero en el instante en que miró los ojos de Elhianos, una sensación gélida le atravesó el pecho como una hoja afilada.
En lo profundo de aquel verde intenso no había voluntad, sino el color agrio de la resignación y de un dolor transformado en férrea determinación: no era el brillo de quien elige, sino el de quien ha sido obligado a elegir una y otra vez.

Sora entendió entonces lo que significaba “responder de inmediato”.
Aunque en apariencia respetara la voluntad de ella, en realidad no sería más que ponerse del lado del mismo engranaje que la había empujado hasta este rincón.
La sombra de su propia complicidad se extendía como prolongación de las palabras impresas en aquel documento.
Si ella había llegado a escogerlo porque no le quedaba otra opción, ¿cómo podía él aceptarlo sin más?

Estaba allí para protegerla, y aun así, el camino lo conducía a sumarse a quienes la acorralaban.
Esa contradicción lo carcomía.
Permanecer a su lado de esa manera no sería salvación ni elección: sería simple coautoría.
Cuanto más pensaba en el sufrimiento que la rodeaba, más insoportable se volvía el peso de aquellas dos palabras: responder de inmediato.
No, aquello no era protegerla: era otra cadena, otra jaula, otro encierro.
Si de verdad pensaba en Elhianos, nunca podría aceptar algo así.

Al menos por ahora… lo único que puedo hacer es aplazarlo.

No era por él.
Era porque sabía que decidirlo en ese momento solo la hundiría más.
Pero ¿cómo decirlo?
En un espacio donde apenas podía tocarla sin temblar, ¿qué palabra no la rompería en pedazos?
Cada respiración le dolía en el pecho, y el estruendo de su propio pulso le estallaba en los oídos.

Estaba inclinado sobre ella, cubriéndola.
A tan poca distancia que su rostro era lo único que podía ver.
El blanco de las sábanas resaltaba el negro del hábito, y sus pestañas largas temblaban apenas.
Ahora los ojos de Elhianos lo miraban fijamente, con una intensidad que parecía querer atraparlo y no dejarlo escapar.
En sus pupilas, la luz vibraba: decisión y miedo, resignación y plegaria, entrelazados en un único fulgor.

Sus manos pequeñas, sobre la sábana, estaban entrelazadas con tal fuerza que los nudillos se habían vuelto blancos.
Se estaba convenciendo a sí misma: no había otra salida, debía aceptar.
Y él comprendía que cualquier palabra que pronunciara podría quebrar aquella frágil coraza de valor.

Los ojos de Elhianos están temblando.

Y él había quedado atrapado en ese temblor.
El calor de sus respiraciones se rozaba; las pestañas, a punto de tocarse.
Tan cerca, y aun así podía sentir lo inmenso de la soledad que ella había cargado durante tanto tiempo.
En ese instante, Sora solo tuvo un deseo: cubrir toda esa soledad con su propia existencia, aunque fuera por un momento.

■Viaje con Sora

──Por favor, muéstrale al hijo venidero Tu camino.
──Con la bendición, actúa en Tu nombre. Nôtis.
“Con la bendición, actúa en Tu nombre. Nôtis.”

Los labios se movieron por sí solos, dejando que la voz estremeciera el aire. Así es siempre el verso final de una plegaria: una fórmula automática.
Elhianos detestaba aquel final.

Eran palabras de obligación. Con la bendición, actúa en Tu nombre.
Un mandato: vive en lugar de otro, conforme a la voluntad de alguien más.
Por eso, siempre añadía en silencio, solo para sí:
──El poder divino… yo ya no puedo usarlo.

Ese simple pensamiento aligeraba un poco su pecho. Pero solo por un instante.
El silencio pétreo de la iglesia devolvía con rapidez a su cuerpo la densidad del mundo real.
Al alzar la vista, la luz que caía desde lo alto de la cúpula descendía fría, proyectando una sombra larga a sus pies.
Por mucho que rezara, había cosas que no cambiarían.
La longitud de aquella sombra le parecía, en ese momento, la medida misma de su destino.

La bendición: el don que los dioses, Eri y Ylrm, habían otorgado a los humanos.
Con ella los hombres ejecutaban la teúrgia, y quienes eran llamados Lilies podían ir aún más lejos y desatar el Shifta, el poder anómalo.
En el Sagrado Imperio Vermelde, ser una Lily equivalía a poseer un privilegio, y en la capital imperial era más extraño encontrar a alguien incapaz de usar el Shifta que lo contrario.

Pero yo, aun siendo Lily, no podía usar ni el Shifta ni siquiera la teúrgia.
Porque los dos anillos de plata en mis tobillos drenaban hasta la última gota de poder divino.

Frías piezas metálicas que habían estado allí desde aquel día.
Forjadas en los talleres de la capital, grabadas y colocadas como la prueba de que había caído en la esclavitud.
Apretaban la piel, y con cada leve movimiento dejaban oír un roce casi imperceptible, recordándome su presencia.
Símbolos de humillación y, al mismo tiempo, grilletes que absorbían todo rastro de bendición.

Había nacido Lily, pero toda mi fuerza fue arrancada.
La luz de la teúrgia, el torrente del Shifta… aquello que una vez fue parte de mí.
Con un solo gesto podía desgarrar el cielo, estremecer la tierra, manipular la bendición en un dominio al que nadie más podía aspirar.
Eso fui yo, alguna vez.

Ahora, antes siquiera de tocarla, toda esa fuerza era arrebatada.
Los fríos anillos en mis tobillos absorbían la bendición y convertían la luz y el torrente en meros recuerdos.
Los días en que me llamaban prodigio habían terminado, y lo único que quedaba era un recipiente vacío, incapaz de crear nada.

Poseer la bendición y no poder hacerla florecer…
Esa miseria, ellos nunca la comprenderían.

──Pero aceptaré esto también como un castigo.
Desde mucho antes de mi madre, desde un pasado remoto, esta marca ha existido. Y con ella, la carga que lleva el nombre Kiwannagran. Ahora me toca a mí llevarla. Ese es mi papel.
Jamás olvidaré el frío de los anillos en mis tobillos. Pero, como las palabras de las plegarias, he decidido considerarlo parte del destino que se me impuso.

──Hasta los ocho años. Antes de que la palabra esclava quedara pegada a mí. Cuando aún era solo una niña, y sin embargo me llamaban prodigio.
El Shifta era como respirar. No necesitaba razones para envolverme en la luz de la bendición. Cada vez que liberaba mi poder, los adultos que me rodeaban abrían los ojos con asombro, y mi padre me revolvía el cabello con sus grandes manos y reía. Tienes talento, decían, y cada vez mi pecho se llenaba de orgullo.

Pero aquel “talento” lo usé para otra cosa. Ellos mataron a mi padre. Ellos son los culpables. Ojo por ojo. Sangre por sangre. A los ocho años, mi mundo estaba hecho solo de eso. Lágrimas y rabia eran mi único combustible. No había razones. No había juicio.

──Y entonces cometí un pecado.
La entrada ya no era una puerta. Era madera destrozada, lanzada por la presión del aire comprimido liberado de golpe. La ráfaga recorrió el vestíbulo haciendo crujir las columnas. La mansión del noble corrupto contuvo el aliento, y aquel silencio se quebró con el seco golpeteo de mis pasos sobre las tablas del suelo.
Un guardia alzó la cabeza al fondo del pasillo. El vacío que había creado con el Shifta les arrancó el aire de los pulmones en un instante. Luz y viento se cruzaron. Los sonidos de carne desgarrándose y armaduras cayendo al suelo eran ecos lejanos en mis oídos.

El aire olía a hierro. Ese olor, que quemaba mis fosas nasales, se impregnó hasta lo más profundo de mi pecho encendido por el odio.
El pasillo parecía interminable. Pero si controlaba la presión del viento y corría como una flecha, podía atravesar la mansión de un solo impulso. El suelo y las paredes crujían, gemían y se resquebrajaban incapaces de soportar mi paso.

──Ahí estaba.
Ese rostro. El que mató a mi padre. Sus ojos me miraron, fijos en mí, con una mezcla de estupor y terror.
Sin respirar. Sin hablar. Solo la luz corriendo. El aire comprimido gritó con un estruendo que partió el mundo.

Cuando todo terminó, solo quedó el silencio.
El eco de la destrucción todavía me cubría los dedos, pero por dentro no había nada. Un vacío. Solo una certeza, aplastante e inamovible: mi padre no volvería.

──Y por suerte… ¿o debería llamarlo una desgracia mayor?
No fui juzgada. No hubo procedimientos, ni tribunales imperiales.
El jefe de aquellos que asesinaron a mi padre sepultó el caso en las sombras. Quizá para proteger su posición, quizá porque no quería mancharse las manos de sangre. Seguramente por ambas razones.

Al final, solo me encerraron en una jaula llamada esclavitud.
No hubo cadalso ni mazmorras. Solo los anillos metálicos en mis tobillos, convirtiendo mi nombre y mi futuro en una etiqueta con precio. El hierro estaba helado y, a veces, chirriaba lo suficiente como para morderme la piel. Intenté quitármelos alguna vez, pero fue como tratar de arrancar un órgano con el que hubiera nacido. Un intento que trae consigo un miedo punzante, casi tanto como el dolor.

¿Fue compasión o fue burla? Aún hoy no tengo respuesta.
Si fue compasión, era de la clase más cruel. Porque, desde entonces, yo sería alguien a quien le arrebataron el poder divino, incapaz de usar el Shifta ni la magia sagrada, y que nunca más podría alzar la mano contra los asesinos de mi padre.
Si fue burla, también acertaron. Porque me despojaron por completo de mi identidad como hija de mi padre, y dejaron sólo la existencia de un “instrumento”.

Lo único que puedo afirmar es esto: en aquel momento, algo dentro de mí se rompió para siempre.
La rabia seguía ahí, pero ya no había leña para alimentarla, ni herramientas para avivarla.
La emoción se hizo ceniza, y las cenizas comenzaron a pudrirse dentro de mí.
Desde aquel día, yo ya no era hija de nadie, ni vengadora de nadie, sino simplemente una “esclava” con un vacío en el pecho.

──Aunque, para mis ocho años, no entendía por qué me habían puesto estos anillos, por qué me vestían con harapos y me exhibían a la intemperie, sin calefacción, como mercancía.
El hierro en los tobillos estaba frío y se clavaba en mi piel, quemando con un dolor constante. Cada movimiento hacía sonar un chirrido seco, un recordatorio de su presencia. Los llantos de los otros niños atados en marcos de madera se mezclaban con el viento, y el olor de la paja, el barro y el sudor humano me llenaba las fosas nasales. No era invierno ni verano, sino una estación extraña, indefinida, en la que el aire helado me calaba hasta los huesos. La tela fina que llamaban ropa no servía para nada.
Los tratantes me miraban sin alterar el gesto. Para ellos, yo no era más que una pieza con una etiqueta, un producto más en venta.

Cuando mamá murió un año y medio antes, con veinticinco años, papá me abrazó y dijo: “Es el destino de los Kiwannagran, no podemos hacer nada.”
Recuerdo el tamaño de sus manos, lo fácil que era que me envolviera cuando lloraba hasta quedarme sin fuerzas.
Entonces… ¿por qué papá murió? ¿Por qué lo asesinaron?
Aquella noche escuché gritos y alaridos desde su habitación. El olor metálico llegó hasta el pasillo. Era demasiado pequeña para entender que era el olor de la sangre, pero comprendí que algo se había roto para siempre.

¿Por qué me quedé sola?
¿Porque soy una Kiwannagran?
A mis ocho años no podía comprender el peso de ese nombre. Pero sí entendía una cosa: la realidad no tenía sentido.
Mamá había muerto por “destino”. Papá fue asesinado. Y yo terminé en una jaula.
Sin razones. Sin explicaciones. Solo porque así tenía que ser.

En aquel entonces, apareció un anciano.
Sus manos, curtidas por el trabajo en el campo, estaban llenas de grietas, y bajo sus uñas se acumulaba el barro seco. Me observó durante mucho tiempo antes de susurrar algo al oído de los tratantes y sacar unas cuantas monedas de plata. No sabía cuánto valían, ni qué significaba aquello. Solo recuerdo los rostros satisfechos de aquellos hombres cuando las recibieron.

—Esta niña… —murmuró el anciano, como si hablara consigo mismo más que conmigo—.
—Debe ser devuelta ante Dios.

Sin comprender nada, fui sacada de allí. Mi cuerpo se balanceaba sobre el carro rústico que él conducía, mientras el camino de tierra se alargaba ante nosotros.
No supe nunca su nombre, ni de dónde venía. Pero en su espalda sentí algo que jamás había percibido en los tratantes: calor.

El destino fue una pequeña aldea en los confines del Imperio: Hansa.
Y allí, me entregó a la iglesia.

—La devuelvo ante la presencia de Dios —dijo el anciano, confiándome a las monjas.

Las mujeres de hábito blanco tocaron mis grilletes y me preguntaron mi nombre. Pero no respondí. No veía sentido en decirlo. Ni en recordar cómo era que me llamaban.
Y fue entonces, por primera vez, que comprendí que alguien me veía no como una “cosa”, sino como una persona.

──Pero, en el fondo, lo pensaba.
¿Era esto un rescate? ¿O simplemente otra jaula?

Poco después, ya como esclava al servicio de la iglesia de Hansa, escuché las palabras que marcarían mi nueva vida.
Una monja que desconocía mi historia me tomó por los hombros. Con fuerza. Con demasiada fuerza.
Sus dedos eran nudosos, y bajo su piel firme se sentían los trazos de músculos endurecidos. Era una mujer, pero su cuerpo había olvidado la suavidad que alguna vez tuvo. El calor que transmitía no era consuelo, sino orden.

—Escúchame bien —dijo, con voz afilada pero firme—.
Yo no te trataré como a una esclava.

—Y tú, como Kiwanagran, y como portadora de ese grillete, debes aprender a defenderte. Aunque no puedas usar shifta ni artes sagradas, siempre puedes aprender a proteger tu propio cuerpo. Si entrenas, claro.

Su voz tenía la cadencia de alguien que alguna vez dio órdenes en el ejército. Aquella entonación, que parecía enderezarte la columna por la fuerza, me hizo adoptar postura recta de manera instintiva.

—Yo te enseñaré esa técnica. Y tú, con esa técnica, recuperarás tu dignidad. No permitiré que sigas siendo una derrotada.

A mis ocho años, la mitad de sus palabras carecían de sentido.
“Dignidad”. Aquel término abstracto ni siquiera formaba parte de mi vocabulario. Pero entendí el peso de su mano sobre mis hombros, la dureza de su agarre, y la mirada que, como un par de botas militares, aplastaba cualquier resistencia.
Así que asentí. Sin comprender nada.

Ahora lo pienso y quisiera reírme: ¿cómo iba a entender una niña de ocho años qué es la dignidad?
Y, sin embargo, quizás en ese instante sentí algo nuevo: que alguien, por primera vez, estaba dispuesto a enseñarme una manera de seguir viva.

Gracias a aquella hermana, aprendí un combate tan sólido que los huérfanos del orfanato llegaron a respetarme. Kiwanagran, esclava, y aun así alguien a quien temer.
Antes que los rezos matutinos, aprendí el sonido de mis pies golpeando la tierra del patio. Antes del amanecer, el crujir de la escarcha bajo las botas acompañaba las órdenes de la hermana mientras mi cuerpo se estampaba una y otra vez contra el suelo. No protejas tus brazos, apunta siempre a la garganta del enemigo: ella no me enseñaba juegos para huérfanos, sino la verdad de un derrotado que quiere sobrevivir.

La hermana había sido instructora militar. Sus hombros y su espalda, curtidos por los años, aún llevaban el olor del aire frío de los campos de entrenamiento. Su instrucción era brutal, y aunque mi cuerpo gritara de dolor, nunca había compasión. Pero aquella brutalidad fue lo único que me recordó que seguía viva. No eran simples ejercicios: eran técnicas de combate cercanas al campo de batalla, capaces de matar con un brazo o una pierna.

Sin eso, jamás habría podido aceptar que ser esclava era el precio por haber vengado a mi padre. Llamarlo venganza le dio algo de sentido al peso de mis grilletes. El dolor del entrenamiento lavaba, poco a poco, el hedor de la sangre de mi pasado.
──Bueno… salvo que nunca pude vengarme del verdadero responsable.
Esa espina, aún hoy, sigue clavada en lo más hondo de mi pecho.

Pero el cuerpo bendecido por Ylrm, dios del deseo, era al mismo tiempo mi bendición y mi condena: una belleza tan extrema que parecía irreal. Esa gracia divina me dio curvas suaves y piel traslúcida, pero nunca, por más que creciera, permitió que desarrollara los músculos de un soldado.

Por eso aprendí, con una obstinación casi fanática, técnicas capaces de someter a cualquier adversario aunque mi fuerza fuese poca.
Proyecciones que, con un solo cambio de peso, derriban el centro de gravedad del enemigo.
Golpes certeros a huesos y nervios.
Controles que sellan cualquier vía de escape.

Con manos y piernas frágiles podía infligir daño real. La hermana me obligó a repetir los mismos movimientos una y otra vez hasta que se grabaron en mis músculos.
“La fuerza es un adorno. Vence con técnica”, decía, mientras descargaba sobre mí todo lo que había aprendido como instructora militar de combate cercano.

──¿Por qué ahora?
¿Por qué recuerdo todo esto justo cuando voy a invitar a Sora a mi cuerpo?

La memoria llega sin avisar: el peso de una espada de madera, el escozor de las ampollas reventadas, el ardor en los pulmones tras golpear hasta casi desfallecer.
La voz de aquella hermana resuena, entre reprimendas y empujones:

──Dignidad. No sigas siendo una derrotada.

Las palabras viajan desde el pasado y me aprietan el pecho.
Así que esto es lo que hago: me armo de valor.
Necesito creer que este acto no es una prolongación de mis derrotas, que no es otra imposición sobre la vida que me arrebataron. Necesito convencerme de que es una decisión mía, algo que tomo con mis propias manos.

Reúno cada pedazo de orgullo que queda entre la vergüenza, el miedo y la resignación.
Nunca imaginé que aquel “enfréntate” que me enseñó renacería en un momento como este.

──Una joven hermana me entrega varios documentos y, con voz neutra, me dice: “Por aquí, por favor”.

Avanzamos por un pasillo blanco, pulido como un espejo.
El eco de nuestros pasos resuena como si camináramos sobre vidrio.
Su espalda, rígida y eficiente, no deja espacio para mis vacilaciones: avanza con un ritmo constante que no admite retrasos.

En mis manos, el fajo de papeles pesa como si cargara piedras. Bajo mis dedos, el tacto áspero del pergamino y el relieve de los sellos grabados.

Reviso el contenido, aunque ya sabía lo que decía.
Es el papel que reclama que yo… que yo haga “eso” con Sora.
No podía ignorarlo.
Cada palabra impresa es como una aguja que se clava en mi piel.
Mi corazón golpea sin pedirme permiso.

──“Si bien de linaje plebeyo, es aún así una rama de la familia real, sangre de los Kiwanagran…”

Plebeyo.
¿Así que soy eso?

Dos sílabas que son como hielo, que arrastran hacia mí toda mi historia: la noche en que perdí a mi padre, el peso sofocante de aquel palacio, el olor metálico del mercado de esclavos.
Todo converge en una sola palabra.
Me falta el aire.

──Estoy aquí por eso.
Por ese sello que me reduce a “plebeya”.

Mis ojos fijos en el papel son como un espejo que me obliga a enfrentar lo que soy.
Hasta el frío del grillete en mis tobillos parece revivir.

Solo dos personas en el mundo de las sombras, aparte de mí, deberían conocer ese secreto.
Un secreto que ellos, mis enemigos, seguramente ya habrán olvidado: el hecho de que maté a alguien. Aunque fueran los asesinos de mis padres, lo hice. Y ahora, las palabras impresas en este documento parecen mirarme con esa certeza, como si pudieran leerlo en mi interior.

Desviar la vista sería más fácil. Pero no puedo.
El peso que emana de ese pergamino llena mi nariz como si oliera sangre.
Claro que no es así. Es solo papel frío, inerte. No puede conocer mis crímenes.
Y, sin embargo, la sensación de aquella noche vuelve: el aire cortado por la luz, los gritos, la temperatura del cuerpo que se desploma.

Me convertí en esto.
¿Y si todo se debe a mi sangre?
La sangre Kiwanagran.
Arrogante, codiciosa. La sangre de las mujeres que, desde hace cuatro mil años, llaman brujas.

Una sangre nacida con destino escrito, marcada con orgullo y desprecio a la vez.
Una sangre que me ata incluso después de haber pecado y caído.
Una sangre que no me deja ser perdonada, pero que al mismo tiempo me obliga a ser especial.
Ese hilo contradictorio me cose a esta existencia, frío y ardiente a cada latido.

──Jamás olvidaré cuando llegó mi primera menstruación.
No fue simplemente “me ha venido la regla”. No.
Fue como si mi cuerpo hubiera dejado de ser una continuación de lo anterior y se hubiera transformado en otra criatura.

La sangre que latía bajo mi piel ya no parecía mía.
Sentía que mis huesos se deformaban lentamente, que las entrañas ardían, que lugares desconocidos palpitaban, y que cada respiración esculpía un nuevo cuerpo.

Si para cualquier chica ese momento es ya desconcertante, para mí lo fue mucho más.
Mi cuerpo activó funciones adicionales que nunca pedí.

En el espejo vi un rostro que no reconocía: pestañas largas, labios como si llevaran carmín, piel tan blanca que parecía irradiar luz, cabellos rojo oscuro que tragaban el brillo y unos ojos que contenían el abismo.

Eso era la sangre Kiwanagran manifestándose.
Una bendición y una maldición a la vez.
La belleza: un arma que confunde, somete, inspira devoción, provoca rechazo y también deseo. Una naturaleza que atrae a partes iguales miedo y lujuria.

Fue entonces cuando la hermana me lo explicó. Aquella vez también me sujetó por los hombros.

—Eres una Kiwanagran.
Este es el poder de tu sangre. Es tu fuerza… y al mismo tiempo, la cadena que te encierra.

Su voz, grave y firme, se grabó en mis oídos como un hierro candente.
Fue una sentencia. Una que me obligó a comprender que ya no era simplemente “yo”.

──«El. Quizá aún no lo comprendas del todo, pero ya eres una mujer hermosa.
Incluso para mí, tu belleza es algo fuera de lo común».

La voz de la hermana era baja y dura. No sonaba a consuelo ni a elogio: era la voz de quien enuncia un hecho ineludible.

«Pero no se trata solo de que seas hermosa. Tú, simplemente por “estar ahí”, puedes confundir y desarmar a cualquier hombre. No eres como las demás mujeres hermosas. Esto lo provoca tu sangre».

Hizo una pausa y apretó con más fuerza mis hombros.

«La llegada de tu primera menstruación significa que quizá ya esté saliendo de tu cuerpo… —su voz descendió un tono—. El Fragancia Hechicera. Así llaman a ese aroma especial. Tu belleza extraordinaria y este perfume son el doble don que el dios del deseo, Ylrm, otorgó a las Kiwanagran.
Pero este don, tanto como bendición, es también una maldición. Algo muy difícil de controlar… y peligroso».

«El aroma… aunque invisible, transforma el mundo».

La hermana apartó la mirada hacia un punto lejano y prosiguió con tono impasible:

«Imagina verter aceite sobre el fuego. ¿Sabes qué ocurre incluso con una sola gota? Las llamas se extienden sin control. El Fragancia Hechicera funciona igual. Prende los impulsos más profundos en las personas, derriba su razón. Ni siquiera basta el ejemplo del lobo al que se le arroja carne… es algo más profundo, más irresistible. Tu mera existencia puede convertirse en la chispa que enloquezca el mundo de quienes te rodean».

Ella esbozó una sonrisa amarga y negó con la cabeza.

«Quizá sea culpa mía que solo se me ocurran ejemplos que te asusten. Pero así es como mejor puedo explicártelo, para que conozcas tu cuerpo… y estés preparada. Sí, todas las mujeres, en mayor o menor medida, tienen algo de esto. Pero tú… tú eres el extremo».

Sus palabras se me clavaron en el pecho. Sentí que me había dicho que mi sola belleza me convertía en la chispa lanzada a un polvorín.
¿Cómo puede sonar tan fría una “bendición”?

──«Y aun así —concluyó la hermana, con voz grave, absorbida por los muros de piedra de la iglesia—, el peligro que entraña tu Fragancia Hechicera no se compara al de ninguna otra mujer fuera de las Kiwanagran».

“—El. Puede que aún no seas consciente de ello, pero ya eres hermosa.
Incluso para mí, eso es algo extraordinario.”

La voz de la hermana era baja y dura. No sonaba a consuelo ni a elogio, sino a una voz que simplemente enunciaba un hecho.

“Pero no se trata solo de ser hermosa. Tú, con solo ‘estar ahí’, puedes llegar a desorientar a cualquier hombre. No eres como las demás bellas. Es tu sangre la que provoca esto.”

Hizo una breve pausa y apretó con más fuerza mis hombros.

“La llegada de tu primer ciclo significa que puede que ya esté manifestándose. Ese olor especial que emana de tu cuerpo… —Fragancia Hechicera, así se llama. Esa belleza fuera de lo común y este aroma son dos dones otorgados por Ylrm, el dios del deseo carnal, a la estirpe Kiwanagran. Pero al mismo tiempo que son una bendición, son también una maldición. Son algo extremadamente difícil y peligroso de manejar.”

“El aroma… cambia el mundo aunque no se pueda ver.”

La hermana desvió la mirada a lo lejos y continuó con tono desapasionado:

“Imagina verter aceite sobre el fuego. Con tan solo una gota, las llamas se expanden de inmediato. Fragancia Hechicera actúa de la misma manera: aviva el impulso que yace dentro de las personas, arrebata su razón. Decir que es como lanzar carne a los lobos se queda corto. Es más profundo, más inevitable. Tu mera existencia puede convertirse en una chispa que altere por completo el mundo de quienes te rodean.”

La hermana sonrió con amargura y negó con la cabeza.

“Quizás es mi culpa si solo encuentro ejemplos que pueden asustarte. Pero es la mejor manera de que entiendas lo que eres y te prepares. —Todas las chicas, en mayor o menor medida, poseen algo así, pero tú representas el extremo.”

Sus palabras se clavaron en mi pecho. Era como si me dijera que, por el simple hecho de ser hermosa, yo era una chispa arrojada a un polvorín.
Una bendición que debería ser algo sagrado, resonaba ahora como una sentencia fría.

“—Sin embargo, el peligro que trae tu Fragancia Hechicera no tiene comparación con el de cualquier otra mujer que no sea una Kiwanagran.”

La voz de la hermana descendió, perdiéndose en las paredes de piedra de la iglesia.

“Cuando un Kiwanagran está cerca, se dice que los hombres necesitan una fuerza mental extraordinaria para mantener la razón. —Ya entiendes lo que eso significa, ¿verdad?”

Ella no apartó su mirada de la mía y continuó:

“Así como tu estatura seguirá creciendo, también lo harán tu belleza y tu Fragancia Hechicera. Se volverán cada vez más fuertes. Por eso, a partir de ahora, debes tener cuidado con los hombres. Da por hecho que todo aquel que se acerque a ti lo hará por tu cuerpo. Si lo asumes, no solo protegerás tu cuerpo, sino también tu corazón.”

El peso de esas palabras me pareció entonces un asunto de un mundo lejano, incomprensible para mis diez años. Pero la luz en el fondo de los ojos de la hermana me dijo que aquello no era una simple amenaza.

“Si alguna vez sientes que un hombre está perdiendo la razón… usa sin piedad las técnicas de combate. Con toda tu fuerza, porque ahora mismo apenas puedes enfrentarte a un hombre adulto.”

Lo dijo como si aquella advertencia fuera una oración, un mandamiento grabado en piedra.

“Puede que lo lamente por los hombres… pero no hay otra manera de que te protejas a ti misma.”

En ese momento entendí por primera vez que la hermana llevaba consigo el olor del campo de batalla. La presión que dejaron sus dedos firmes sobre mis hombros no era la de una simple monja. Era el peso de alguien que había matado, protegido y cargado con vidas.

“Por si acaso, también voy a enseñarte a manejar armas de fuego.”

El tono de su voz ya no era de consejo; era una orden, una que aún guardaba el eco de botas militares.

“El combate cuerpo a cuerpo no basta. Tienes que ser capaz de apretar el gatillo sin dudar si se trata de salvar tu vida.”

Hizo una breve pausa y bajó la mirada hacia mi hombro izquierdo, donde bajo la tela del hábito se ocultaba el intrincado tatuaje negro.

“Y sobre el Fragancia Hechicera…”

Su voz se suavizó apenas un instante. “Usarlo a propósito… solo cuando tengas a un chico que realmente te guste. Cuando quieras seducirlo. Pero nunca, jamás, lo utilices con fines perversos.”

Aunque sus palabras estaban envueltas en una aparente ternura, en el fondo eran tan duras como el acero.

“«Marca de Ylrm grabada en tu costado izquierdo… no es un adorno. Es el castigo impuesto a la primera de los Kiwanagran que recibió esta bendición hace cuatro mil años, tu antepasada, que se desvió del camino y abusó de su don. Y ese castigo se ha transmitido por la sangre hasta llegar a ti.»”

En ese instante comprendí que no era solo una muchacha, sino un eslabón más en una cadena de historia y castigo. La voz de la hermana resonaba como una campana lejana, y una sensación helada, como un clavo hundiéndose en lo más profundo de mi cuerpo, se quedó allí, clavada.

Kiwanagran. Así se titulaba el grueso libro ilustrado que me entregó. Para cuando lo tuve entre mis manos, ya estaba preparada. Había llegado el momento de conocer la respuesta que tanto había temido: abrir sus páginas significaba enfrentarme, a través de las palabras, a lo que ya era —y siempre había sido—: una Kiwanagran.

Mis dedos temblaban al pasar las páginas. La textura áspera del papel rozaba mi piel, y el olor a tinta antigua me llenaba las fosas nasales. Los párrafos pesados se intercalaban con ilustraciones de cierta sensualidad, cargadas de un aura inquietante. Allí estaba escrito el porqué de nuestra deshonra: las razones por las que cargábamos con el desprecio del Imperio y, aun así, éramos tratadas con una especie de reverencia distante. Arrogantes, codiciosas, llamadas incluso brujas. La explicación de por qué yo era, al mismo tiempo, paria y algo más que eso.

Antes nunca lo había entendido. En el orfanato, cuando los niños me llamaban bruja entre risas, yo no tenía palabras para defenderme. La marca negra y compleja de Ylrm en mi costado izquierdo hablaba por mí, confirmando su burla. Las réplicas se me secaban en la garganta, y las lágrimas me inundaban los ojos.

Cuando lloraba, la hermana siempre me abrazaba. Sus brazos fuertes, curtidos por el pasado militar. El calor mezclado con un leve olor a sudor y cuero. Cuando ni el entrenamiento podía sostenerme, ella estaba allí: acariciando mi cabello, golpeando mi espalda, reconstruyendo una y otra vez mi pequeño mundo.

“Algún día lo entenderás”, me repetía. Pero esas palabras nunca negaban que yo fuera una bruja. Por eso me daba miedo. Comprender significaba aceptar. Y con cada página que pasaba, sentía cómo una cadena fría se ceñía más fuerte a mis tobillos.

Lo sabía: cuando terminara ese libro, no habría vuelta atrás.

Y, sin embargo, una vez descubierto, todo parecía terriblemente simple.
Me enamoré, obtuve el Fragancia Hechicera y, con él, intenté seducir incluso al mismísimo emperador… Así lo hizo nuestra “venerada” antepasada.

Quizás resuma demasiado. Pero ese era, al fin y al cabo, el mensaje del libro. Las ilustraciones mostraban a una mujer lasciva susurrando al oído del emperador, rodeada de líneas de humo dibujadas como si fueran perfume hecho carne. No era belleza, era algo más oscuro. Algo que imponía.

Y así terminó: con el relato de cómo, por tales excesos, cayó sobre nosotras el castigo divino.
Para siempre, pecadoras imperdonables.

Un cuento moralizante, fácil de entender.
Pero una realidad que no tiene nada de graciosa.

Por eso en mi costado izquierdo se arrastra “lo negro”, Marca de Ylrm grabada en mi piel.
Como si alguien me hubiera incrustado a la fuerza un sello maldito.

Por eso mi vida solo llegará hasta los veinticinco años.

Ese es el destino de las descendientes de Kiwanagran: una sangre que mezcla bendición y maldición en una misma corriente.
Por eso mi cuerpo es como es.

Pero no basta con decir que “soy demasiado hermosa”. No es un cumplido, es una sentencia.
Sin moverme, sin sonreír, sin pronunciar palabra alguna, mi cuerpo exhala un aroma que calienta la sangre de los hombres y va despojándolos poco a poco de su razón. La llaman la “bendición” del dios del deseo, Ylrm. Pero yo nunca pedí tal cosa.

Poseer un perfume que despierta el celo indiscriminado no es un arma: es una maldición.
Siempre siento miradas clavadas en mí.
Las insinuaciones veladas en cada conversación, la hostilidad que flota incluso cuando nadie habla. Por eso debo vivir en constante alerta.

Los hombres me temen, como las bestias temen a los colmillos.
Las mujeres me envidian; aunque no me acerque, me rechazan como si lo hubiera hecho.
Porque soy una Kiwanagran. Y con eso basta.

Ya no importa. No deseo vivir mucho tiempo.
Al fin y al cabo, mi vida termina a los veinticinco, y siempre he estado sola.

Dicen que si uso el Fragancia Hechicera, los hombres acudirán a mí en tropel.
Pero hace tiempo comprendí que ese vacío no puede llenarse así.
Este perfume no me salvará de la soledad; solo me hundirá más profundamente en ella.

La hermana fue amable conmigo. La más fuerte, la más firme de todas, y aun así sus brazos eran sorprendentemente cálidos al rodearme.
Pero no sabía si esa calidez estaba dirigida a mí… o si era compasión hacia una niña digna de lástima.
Odiaba pensar así. Y aun así, no podía acallar la voz en mi pecho que decía: “seguro que es eso”.

Cuando aprendí lo que significaba la palabra “amor”, los contornos del mundo cambiaron.
En medio del bullicio del orfanato, de repente descubrí que yo estaba quedándome atrás.
¿Me amaban o no?
Cuanto más buscaba esa frontera, más sola me sentía.

Ahora que lo pienso, Sora también me llamó bruja alguna vez. Seguramente por mi sangre, por mi marca, por mi aroma… por las mismas razones por las que todos lo hacen.
Y aun así, ahora dice que quiere casarse conmigo. Conmigo, una mujer que morirá en nueve años.
Si todo fuera por el Fragancia Hechicera, su actitud no sería tan serena, tan caballerosa. No mostró ni vacilación ni deseo impuro: intentaba tratarme como a una persona.

Y justamente porque no entiendo el porqué, más me confunde.

Hoy, sin embargo, no hay respuestas. Nunca antes había dicho a nadie que podía “hacer lo que quisiera” con mi cuerpo. Ni siquiera lo había imaginado. Pero ahora… voy a dejar entrar a Sora como el primero.
Voy a llevarlo a la situación donde el Fragancia Hechicera se manifiesta más claramente. Al lugar donde mi existencia, como Kiwanagran, se muestra con mayor fuerza como “mujer”.
No sé qué ocurrirá. No sé cómo reaccionará Sora, ni cómo reaccionaré yo.
Me asusta… pero al mismo tiempo hay un extraño alivio: la sensación de que esta vida mía, sin rumbo y sin refugio, por fin podría entrelazarse con alguien y obtener aunque sea un poco de significado.
Una ilusión frágil, pero una ilusión al fin.

Una vez probé el efecto del Fragancia Hechicera. Fue en Alberk, el pueblo más cercano a la aldea. La hermana me había llevado a comprar provisiones y, mientras descansábamos de cargar los bultos, tuve tiempo de sobra.
Entre el bullicio de comerciantes y peregrinos en las calles empedradas, lo vi: una carroza negra tirada por cuatro caballos, un “Carruaje Urbano” con adornos de bronce bruñido que reflejaban una luz opaca.
Tres niños mugrientos se acercaban al coche, mendigos con las manos extendidas.
El caballero dentro no les dirigió ni una mirada. Fue el lacayo quien, sin decir palabra, hizo un gesto con el látigo para espantarlos.
Las sombras de los niños se desdibujaron entre la multitud, perdiéndose en el gentío.

Al verlo, algo me hormigueó en el pecho. No era tristeza ni rabia. Era… curiosidad.
¿Qué pasaría si yo hiciera lo mismo? ¿Me azotarían como a ellos? ¿O…?

Di un paso hacia la carroza. Respiré hondo y traté, aunque fuera un poco, de abrir conscientemente el Fragancia Hechicera que dormía dentro de mí.
Sentí los labios resecos. Al cruzar la calle, mis pasos resonaron sobre el empedrado.
Cuando el lacayo me vio, su mirada vaciló. Pude sentir cómo sus ojos se clavaban en mi rostro.

Llevaba el hábito, así que la mayor parte de mi piel estaba cubierta. No podía ver mi marca de Ylrm.
Eso significaba que el Fragancia Hechicera actuaría sin el temor que causa mi apellido. Era puro efecto… y pura apariencia.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía ahogar el resto de mis pensamientos.
La curiosidad lo cubrió todo.

Crucé la calle y me acerqué a la carroza. El bronce brillaba débilmente, y el aliento de los caballos mezclado con el olor del cuero me llenó la nariz.
Toqué suavemente la ventanilla. El golpecito metálico sonó leve, pero sentí que el aire dentro se volvía hacia mí.
Era, probablemente, un noble.

De paso, mostré el grillete en mi tobillo, levantando un poco la falda para que se viera la pierna derecha.
Recordé las palabras que escuché alguna vez en el orfanato: “cuando una mujer quiere pedirle algo a un hombre, basta con mostrar un poco de piel”.

—Mi amo no me da suficiente comida, y tengo hambre… ¿Podría ayudarme?

Creo que eso fue lo que dije. Pero la verdad… ya no lo recuerdo bien.

El lacayo abrió los ojos de par en par y se quedó inmóvil, sin pronunciar palabra.
En su lugar, la ventanilla del carruaje se abrió en silencio.
Desde dentro, un caballero mayor me miró.
Nada que ver con la mirada que había dirigido a aquellos niños mendigos: era una mezcla de calor e interés, una mirada que atravesaba la piel y que parecía capaz de atraerme con solo extender la mano.

Me quedé de pie, soportando el peso de esa mirada.
Fue entonces cuando comprendí, por primera vez, el “poder” que poseía.
El miedo y una extraña sensación de superioridad recorrieron mi columna como un escalofrío.
Y lo entendí: esto es el Fragancia Hechicera de los Kiwanagran.

La puerta se abrió.
El olor del cuero me envolvió mientras una mano enguantada en blanco me tendía billetes y una tarjeta.
“Si eso no te alcanza, busca la dirección de esta tarjeta.”
La voz, grave y resonante, sonaba extrañamente amable y a la vez distante.
Una mujer regresó por detrás y tomó el brazo del caballero; el carruaje se puso en marcha, levantando la grava antes de perderse entre la multitud.

En mi mano, los billetes eran gruesos, con diseños que nunca había visto.
Al presionarlos con los dedos, crujían ligeramente.
Primero me sorprendió lo fácil que había sido recibirlos; luego, al mirar su valor, me sobresalté aún más.
Era la primera vez que tenía dinero, pero lo supe al instante: con esa cantidad, tres niños podrían comer durante un mes entero.
Era demasiado. Un monto anormalmente alto para una sola limosna.

El peso que sentía no era por el dinero.
Algo se agitaba dentro de mí.
Aquella mirada y estos papeles estaban conectados.
Fragancia Hechicera. Apariencia.
El “poder” de Kiwanagran que había usado por simple curiosidad.

No era caridad. Era otra cosa.
Y al pensarlo, sentí que un frío me recorría la espalda.

Estaba claro: fue el Fragancia Hechicera.
No se trataba de belleza.
El calor en los ojos de aquel hombre no estaba dirigido a mí como persona, sino al poder que Ylrm me había otorgado.

Al comprenderlo, el pecho se me apretó con un frío helado.

“Jamás lo uses con fines perversos.”
“Arrogante y codiciosa.”
“Bruja.”
“Castigo divino.”

Las palabras de la hermana y los relatos del libro sobre nuestra antepasada se cerraron sobre mí como cadenas pesadas.
Era como si Ylrm mismo me observara desde las nubes, viendo a través de mí.
Sentí la mirada de un dios.

Me invadió el miedo.
Aquel dinero ya no era solo una cantidad: era algo prohibido, algo que no debía tocar.
No pude soportar esa sensación que me atravesaba la espalda.
Corrí hacia los tres niños mendigos que habían presenciado todo y les puse los billetes en las manos.
Ni siquiera miré sus rostros sorprendidos; solo huí, corriendo de vuelta hacia la hermana.

Cada latido de mi corazón hacía que Marca de Ylrm ardiera como si me quemara.

Ese día entendí, en el sentido más profundo, por qué me llaman bruja.
El Fragancia Hechicera no es un simple perfume de seducción: arrebata las miradas, invade las conciencias y desmorona, en silencio, la última muralla de la razón.
Unido a mi belleza, puede prescindir incluso de las palabras y someter a los demás a mi voluntad.

Sí… si quisiera, podría incluso derrocar un imperio.
Solo necesitaría que el emperador escuchara mi deseo.

Ahora comprendo por qué aquella antepasada mía intentó jugar con los hilos del poder imperial.
No era solo seducción, era algo más profundo: la soledad de tener un poder como este… y la sed de llenarlo con algo.
Por primera vez, sentí un atisbo de compasión hacia esa mujer “indigna”.

La mayoría de los hombres afectados por el Fragancia Hechicera intentaban, tarde o temprano, hacer algo con mi cuerpo.
Primero cambiaba su mirada: una película turbia de calor cubría sus ojos, su respiración se volvía irregular y en el sonido de sus pasos ya no quedaban restos de razón.

Pero pronto lo descubrí: si yo decía “detente”, era como si cortara los hilos de un títere. Retiraban las manos de inmediato.
Las palabras de rechazo, pronunciadas bajo el influjo del Fragancia Hechicera, tenían un poder absoluto: no eran solo súplicas, eran órdenes que tomaban el control de sus conciencias.

Por eso, a pesar de las advertencias de la hermana, mi cuerpo no estaba tan expuesto al peligro como ella temía.
Claro, había algunos que, borrachos de deseo como bestias, insistían más de lo debido.
Para ellos, hacía exactamente lo que la hermana me había enseñado: los derribaba con la técnica grabada a fuego en mi cuerpo.
Un estrangulamiento rápido en la carótida, doblar una rodilla en la dirección contraria, susurrarles palabras que dejaran el miedo marcado en sus entrañas… Todo ocurría en un instante.

Y aun así, era extraño: no había resistencia.
Presos del Fragancia Hechicera, aquellos hombres caían fácilmente ante mis pequeñas manos.
Esa facilidad me golpeaba con una verdad incómoda: me había convertido en algo que ya no era del todo humano.

Pero Sora era distinto.
Aunque debería pertenecer al mismo grupo de hombres afectados, estaba fuera de ese molde.
Jamás me había tocado “en ese sentido”.
Mantenía una distancia diferente, ajena a cualquier otro.
Antes, igual que todos, me llamaba “bruja” con ligereza, como si fuera un juego. Pero eso desapareció sin que me diera cuenta.
Y un día, empezó a mirarme desde lejos, con esa distancia ambigua que me confundía, hasta que ingresó en la academia militar.

Todavía con un rostro de muchacho que intentaba calzarse el uniforme demasiado grande para él, me pidió matrimonio de repente.
Fue tan inesperado que lo único que pude responder fue aquel torpe “quizá la próxima vez”.

¿Próxima vez?
¿Y qué haría yo entonces?
Hasta yo misma temí esa respuesta ambigua.

Pero duró solo unas horas: como era de esperar, Sora empezó a repetírmelo cada vez que volvía del colegio. Una y otra vez, como un ritual.
No parecía afectado por el Fragancia Hechicera, no parecía compadecerme. Solo había una voluntad clara detrás de sus palabras.

Y por eso, aún no sé cómo debo recibirlas.

Para ser efecto del Fragancia Hechicera, era extraño.
Debería ser más fuerte, más evidente… y sin embargo, con él no lo era.
Siempre mantenía esa distancia, como si al tocarme pudiera romperme.
Pero tampoco apartaba la mirada.

Era diferente.

Como no traía problemas, terminé respondiendo siempre lo mismo: “quizá la próxima vez”.
Hasta que, después de que la hermana me hablara sobre los hijos que debía engendrar y el concepto del compañero designado, comencé a pensar que Sora era el indicado.

La hermana, con aquella voz firme, me dijo:
“Tienes el derecho de elegir, El.”

Pero, en realidad, no había nadie a quién elegir.

Excepto a Sora.
Él era diferente a los demás.

Sora era… tierno.
El Fragancia Hechicera actuaba de otro modo en él, y por eso no necesitaba mantenerme en guardia.
Su cercanía no me resultaba molesta.

Cuando le hablaba, se ponía torpe y balbuceaba, pero esa torpeza me tranquilizaba.

Aparte de la hermana, era el único con quien podía hablar sin sentir que debía protegerme.

Cuando Sora estaba en el pueblo, al menos no me sentía sola.
Las noches en las que la soledad me devoraba eran más llevaderas.

Por un momento, podía creer que aún estaba conectada con alguien.

Solo por eso, me sentía feliz.

Desde que Sora me pidió que me casara con él, empecé a pasar casi todo el tiempo a su lado cuando estaba presente.
Me resultaba extraño lo natural que se sentía aceptarlo.

Sora era seguro.
Y junto a él, yo también lo era.

Era como si él actuara como un círculo protector, un shimenawa invisible que mantenía alejados a los demás hombres.
Precisamente porque sabía que mi presencia, impregnada por el Fragancia Hechicera, atraía a los hombres constantemente, ese silencio inusual se hacía aún más evidente.

¿Será también por el Fragancia Hechicera que Sora no me discrimina?
El pensamiento me hacía sentir un nudo incómodo en el pecho.

Pero, ¿de qué servía negarlo?

Acercarse a los hombres era siempre un terror; ser rechazada por las mujeres, otra consecuencia más del Fragancia Hechicera.
Entonces, decidí ver esta extraña paz como algo que debía agradecer.
Cuando estaba al lado de Sora, podía olvidar por un momento mi propia sombra.

Si al final debía tener un hijo, que fuera con él no me resultaba motivo de queja.
¿Cuántas noches había pasado acompañada únicamente por la soledad antes de llegar a esa conclusión?

Estar con Sora, “hacerlo” con Sora, no era un terror.
Era algo que podía imaginar:
el roce de nuestras manos bajo una luz tenue, las palabras intercambiadas a una distancia donde nuestras respiraciones se encontraran…
Podía incluso aceptar esas imágenes.

Tener un hijo, pensé, también era posible.
No como un embarazo impuesto por el deber, sino como el inicio de una línea que, débilmente, se extendiera hacia el futuro.

Me tomó mucho tiempo llegar a esa conclusión.
No fue resignación, ni mucho menos rendición: necesitaba tiempo para elegir.

Y fue un alivio que Sora quisiera casarse conmigo.

No sabía si sus palabras eran fruto del Fragancia Hechicera o de su propia voluntad.
Pero ya no tenía tiempo para buscar a alguien más como si buscara a mi primer amor.
El límite de los veinticinco años había hecho demasiado pequeño mi mundo.

Si lo encontraba, podría conquistarlo de inmediato con el Fragancia Hechicera…
Al fin y al cabo, ese era el verdadero propósito de este aroma.
Pero apenas ahora estaba a punto de usar ese poder en alguien que realmente lo merecía.

Estar con mi hijo, como mucho, sería hasta que cumpliera ocho años.

Yo también me separé de mi madre a esa edad.
Recordar el vacío que se abrió entonces aún me pesaba.

Con la hermana allí, sé que después todo estará bien.
Incluso si yo falto, sus brazos fuertes y su mirada afilada protegerán a mi hijo.

Por eso debo empezar a pensarlo desde ahora:
¿Podrá Sora ser un padre?
No solo alguien que deja una semilla, sino un ser humano capaz de abrazar de verdad a su hijo.

Eso es lo que debo averiguar.

Y mientras esa determinación tomaba forma, la realidad irrumpió de golpe:
la pesada puerta chirrió al abrirse y me condujeron a una habitación individual con una cama doble.

El aire, aún cargado con el polvo del viaje, se mezclaba con el olor del lino blanco, y todo adquiría un peso extraño, intensamente real.

Aunque la habitación estaba limpia, lo que iba a ocurrir allí ya me atravesaba la piel como una verdad inevitable.


Ella, tendida boca arriba, esperando.
Él, Sora, inclinándose sobre su cuerpo, mirando fijamente aquellos ojos verde oscuro.

En el fondo del pecho de ambos, giraba algo imposible de nombrar.
Decisión y miedo.
Perdón y castigo.
Y un sentimiento sin nombre que se mezclaba con el aire pesado de aquella habitación en penumbra.

La distancia era mínima, un simple gesto podría acortarla.
Pero aquel paso pesaba como si durara una eternidad.

Solo se miraron, como si el tiempo hubiera dejado de existir.

──El destino de Sora y El se revelará, años más tarde, en bitBuyer Telling.

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